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miércoles, 2 de enero de 2013

Invitación


Sergio Álvarez Guillén

El camarero seca vasos con un paño. La chica del abrigo largo está inclinada sobre la barra. La mujer sentada a la mesa del fondo bebe su cerveza, observa un momento y continúa leyendo su cuaderno de notas.
- uno setenta.
- pero eso es imposible.
- mire, es la tercera vez que le digo lo que cuesta.
- y yo le repito que un café no puede costar uno setenta.
- señorita, es el precio que tiene aquí. Usted debería haber preguntado antes de tomarlo.
- no pienso pagarlo. Tratándose de un robo usted debería haber advertido “esto es un atraco”.

La mujer del fondo se levanta y se acerca a la barra colocando sobre ésta un billete de cinco euros.
 - cóbrese mi caña y el café de la señorita.

           Los ojos del camarero se balancean antes de suicidarse sobre la caja registradora.
- señora, así no está ayudando a na...
- soy la dueña del local; por favor, salga de aquí ahora mismo.

[Hiperbreve para El Café, obsesión de Léptica ]

miércoles, 8 de febrero de 2012

Fauteuil conquérant

Sergio Álvarez


El cartel prevenía:
“te conquistará y, anhelando el sometimiento redentor, me apresuré hacia el interior.
De amplio y altivo respaldo sonreía de oreja a oreja.
Los reposabrazos invitaban a dejarse mecer.
Sobre el mullido asiento defequé.
Conquistador de mojones.
Como el que hace un simpa
abandoné la tienda.

jueves, 4 de marzo de 2010

¿Te parece bonito?

Sergio Álvarez Guillén

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Los pequeños dedos del niño se aferran al cuaderno.
La madre tira con fuerza del otro extremo.
El abuelo mueve la cabeza y finalmente dice:
-Ya te lo enseñará. ¿Para qué forzar al chico?
Entonces, con un definitivo tirón, la mujer se hace con el cuaderno y se vuelve hacia el viejo.
-Usted no debe meterse en esto.
Luego, mirando al chico:
-Un poco de control en esta casa es lo que hace falta.

El niño, de unos diez años, es flaco. La melena negra que endurece sus facciones, ya de por sí angulosas, no disimula el odio con que mira a su madre.

Esta mujer ha pedido la tarde libre en el trabajo para hablar con el profesor. El niño no atiende. El niño casi nunca trae los deberes hechos. El niño tiene problemas con sus compañeros. Es muy probable que el niño no apruebe el curso.

Ahora, sentada a la mesa, ojea el cuaderno. La cocina es estrecha y, sobre el estatante, hace tic tac el viejo reloj de manecillas. Su marido solía quejarse del poco espacio libre que la mesa y las sillas dejan en la cocina. Luís, el chaval, siempre estudia y hace los deberes en aquella mesa. Puestos a elegir otra mejor, no cabe duda: es la más espaciosa y la de altura más adecuada. La otra, la del salón, está frente al televisor. Además, podría rallarse el cristal.

Saliendo de la cocina, Luís le dedica a su abuelo una ambigua mirada. Este hombre ha presenciando la disputa apoyado en el quicio de la puerta. Se aparta un poco para dejar paso a su nieto, pero no entra al trapo.

-¡Pero, bueno! –exclama la madre pasando las hojas.- Abuelo, ¿quiere ver esto un momento?
El viejo se acerca hasta la silla. Apoya sus nudosas manos en el respaldo y se inclina hacia delante.
-¡Mire a qué se dedica su nieto!
El hombre se ajusta las gafas sobre la nariz.
-¡Tiene todo el cuaderno lleno de dibujitos estúpidos! –anuncia la mujer a la vecindad.
-Déjame ver un momento.
La mujer observa unos instantes a su suegro. Conviven provisionalmente desde hace algo más de un año. Luego, de mala gana, le entrega el cuaderno.
-¿Sabe? Su hijo era igualito a usted.

El abuelo, cuaderno en mano, se sienta en una silla, cerca de la mujer. Pasa las hojas de tal modo que su nuera pueda también verlas. Dibujos de extraños y a menudo deformes personajes se relacionan con pequeños textos a través de flechas.
-El chico dibuja los personajes que el mismo se inventa. Mira.
El dedo índice del viejo va seleccionando ilustraciones y textos. La madre sigue al dedo, intentando comprender.
De vez en cuando, aparece algún ejercicio de matemáticas, lleno de tachones.
-A veces, sí que procura hacer los deberes –atestigua el hombre cuyo dedo se ha detenido sobre un ejercicio.

La madre de Luís sondea los ojos grises y hundidos del abuelo. Aún es una mujer joven. Su otro hijo, que vive en el norte, llama por teléfono todas las semanas.
-Usted lo sabía.
A continuación, le arrebata el cuaderno y se levanta diciendo:
-No voy a permitir que malcríe a Luís -acaricia la tapa del cuaderno,- bastante lo hizo ya su padre.
El hombre se agarra las rodillas bajo la mesa.
Observa el reloj del estante.
-No se debe hablar así de los muertos –dice.
Sin embargo, la mujer parece no escucharle. Sale de la cocina gritando a Luís, golpeándose la palma de la mano con el cuaderno.
-¡Luís! ¡Luís, ven aquí, ahora mismo! A ti, ¿te parece bonito?

domingo, 31 de enero de 2010

Leo, bocadillo

Sergio Álvarez
Ya tenía hambre y no eran las dos. Sube la calle disfrutando el crujir de las hojas. La gente de una tienda a otra y luego a otra y luego a casa. Se saludan con desgana tras una inquietante alegría. No es este viento que desquicia; somos así haga el tiempo que haga.
El chaval de La Farola es más prolijo, no sé cuánto más sincero, buenos días señora, que tenga un buen día señor, en la puerta del supermercado. Sólo algunas personas devuelven un tímido saludo. Tras el retraimiento quizá las bolsas llenas de prescindibles y caros productos.
Enfrente, en la pequeña plaza, en el banco libre. Las sucias manos grasientas atenazan el bocadillo. Los dientes despacio mastican pan chorizo frío pimienta sangre grasa. Frente y mejillas tiznadas. No descansa. No trabaja. No existe si no le miran al dejar al negro atrás; no existe si no olfatea el perro sus pies; si no se quita las migas de encima del pantalón no existe. No existe si el viejo no se sienta su lado. Se echa hacia atrás la boina. El bastón entre sus rodillas. Ahora nos miramos un segundo. Después el negro nos lo pone fácil. Buenos días señora, gracias. Unas monedas y se va sin La Farola. Se gira hacia nosotros. Molesto. Saluda al anciano con la cabeza. Siento la cercanía de este hombre, lo huelo, en los pliegues de su piel reverbera el viento. Fija en el joven africano, su pupila.
Salen los últimos clientes. Cierran.
Me levanto. Me marcho sin siquiera mirarlos.
Desde la parada mira esa calle. Qué alegre parecía ayer. Unos minutos más tarde, desde el autobús, el viejo y el negro en el banco. Con los restos de su bocadillo por el suelo. Leen. Conversan. La calle se vacía.
Leo llena el autobús. Es un ciudadano. Saluda con la cabeza a la mujer que se sienta a su lado. Ella no dice nada, le basta con mirar al frente. Está tranquila. A su lado un trabajador. El mono. La suciedad. Bajo los pies la bolsa. Qué asco. No huele a persona esta mujer.

jueves, 31 de diciembre de 2009

Leo, mecánico

Sergio

Ni siquiera le había permitido elevarlo en el hidráulico. Se deslizó de debajo del coche y se puso en pie. Secó su frente con la manga del mono. Hasta arriba de aceite y grasa se sentía un autentico profesional. El jefe cruzó los brazos sobre su barrigota.
- Sigue goteando.
- ¿Revisaste la junta?
- Quizá se haya pasado y …
- Esa goma es nueva.
Resopló y volvió a desaparecer bajo el coche. Era un aprendiz sin contrato. No le importaba pasar toda la mañana debajo del mismo motor, pero aquel maldito escape de agua no iba a solucionarse por más horas que le dedicara a la jodida junta.
Toda la mañana sintiendo las pisadas del jefe alrededor del coche. Daba vueltas como un árbitro de boxeo. La pelea tenía todas las trazas de terminar por k.o.
- ¡Leo!, ¡sal de ahí cojones!
- Estoy revisando la junta.
- ¡Que salgas de ahí coño!
Sacó la cabeza y sin levantarse le miró.
- ¿No vas a aprender nunca? Será posible…
- Lo estoy intentando pero usted tampoco me indica con claridad porque la junta está…
- Chaval, creo que vas a durar muy poco aquí.
Leo le miró desconcertado.
- Te doy cinco minutos para cortar el grifo.
El chaval se sorbió los mocos. Se arrastró de nuevo bajo el motor. El barrigón pisaba alrededor del coche como la prensa de un molino. Machacando machacando.
Leo sacó medio cuerpo al paso del jefe.
- Debería usted ver lo que ha pasado.
- ¿De qué coño hablas?
- Agáchese un momento, -dijo poniéndose en pie- quizá sea la junta.
Leo se encaminó hacia el servicio y el jefe paseaba junto al coche y seguía machacando con la jodida junta y con lo nueva que estaba la goma. En el servicio cogió Leo su bolsa y salió.
- ¿Qué cojones es esto? – el barrigón miraba el suelo con los ojos muy abiertos. Junto a sus pies crecía un charco viscoso- ¡Me cago en la puta!
- La puta goma está nueva, no lo entiendo… -
Al ver a Leo con la mochila dirigiéndose hacia la salida gritó:
- ¿Qué cojones has hecho chaval? ¡Has tirado todo el jodido aceite!
En la calle corría un viento de la hostia. Espectáculo de bolsas y papeles volando, dando bandazos. No como él. Él sabía muy bien adónde iba.

jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Quién teme al lobo feroz?

Sergio Álvarez Guillén

Aquí no vendrá. Hoy no. No puede ser que venga. Pero, ¿y si acaso…? ¿Qué haré? Mis hermanos duermen. Yo no puedo siquiera tumbarme. Frente a la chimenea miro el fuego e intento calmar mi ansiedad. Me han pedido protección y yo les guardo. El miedo al lobo, ¿les permitirá dormir? Pero no, no le temen. Le han hecho frente y al final los ha dejado sin casa. Deben pensar que aquí están seguros, puesto que han venido. Hay buenos cimientos, los muros resistirían un tornado, las ventanas aíslan perfectamente. Mi casa es legal, compré la tierra, pagué impuestos, contraté un arquitecto, pedí un préstamo y pago mis plazos puntualmente, por eso aquí no vendrá, no puede ser que venga. Así que creo que dormirán, saben que yo no hice como ellos, saben que yo cumplí con el lobo y levanté esta casa con todas las de su ley. A ellos ha podido arrebatarles sus hogares pero a mí no podrá, al menos de momento por que… pero no, todavía no vendrá.

Les aconsejé que no cumplieran su propósito, que quizá no resistirían, pero ellos qué otra cosa podían hacer, nunca han tenido dinero suficiente y además nunca han querido someterse a las reglas de este juego despiadado del lobo. El más joven rehabilitó y ocupó aquella vieja casa abandonada y el mediano construyó con sus propias manos aquella humilde casita en un rincón olvidado. Ahora el lobo las ha tirado, les ha dejado sin techo y han acudido a mí, a guardarse entre estos gruesos ladrillos entre los que se creen a salvo.

Pero yo sé qué es posible que aquí también venga, no hoy, quizá mañana, un mes sin más tardar. Mis hermanos no saben que mi situación ha cambiado, que ya no puedo mantener el pacto, que ahora soy un cerdito más, como ellos. Perdí hace meses mi trabajo, mis ahorros ya no dan para otro plazo de hipoteca. Por eso ellos deben dormir tranquilos, porque no conocen, porque hemos cenado y durante la conversación les he dicho, no os preocupéis, no puede ser que aquí venga. Les he mentido. Ahora miro cómo se consumen los leños en la hoguera, y casi me parece escuchar sus ronquidos de cerdito. Imagino sus párpados cerrados tras los que se desarrolla un sueño de libertad que pronto ha de transformarse en pesadilla. Imagino como sus rabitos enrollados se estiran de placer ante la ilusión de un nuevo proyecto para vivir con dignidad.

Ya sólo quedan brasas y siento el frío del alba. Yo jugué el juego del lobo, yo tengo una casa fuerte. Yo acepté las reglas del lobo y así hice débiles a mis hermanos. Levanté esta casa tratando con el lobo y me convertí en lobo para mis hermanos. Por que mi casa fortalece el juego del lobo, da mayor consistencia a su tablero, hace más indiscutible el reglamento y anula la opción legítima de mis hermanos. La opción de vivir sin un águila, sin un lobo, que venga todos los meses a cobrarse en carne, de sus tripas, de su lomo, de sus cuartos traseros, el tributo por una mínima y ruinosa celda en una ciudad de esclavos ebrios de falsa libertad, de esclavos hipnotizados por la pantomima excelente de este lobo tan civilizado. Porque ahora que no puedo mantenerme dentro de las normas del juego soy de nuevo presa para el lobo y vendrá a alimentarse aquí, a esta casa que nunca ha sido mía, donde quiero proteger a mis hermanos.

Pero no hoy, no puede ser que hoy venga, a no ser que… Esos ruidos de fuera, ¿qué son esos ruidos? Y ¿quién golpea la puerta de esa manera? Mejor ni siquiera abrir. Ahora pasos en el tejado ¿quién anda por ahí arriba? Entonces entran mis hermanos que se habrán despertado por los ruidos, se acercan tranquilos, se sientan junto a mí, y al mirarlos descubro que no han dormido, más bien parece que han pasado la noche despiertos, maquinando, los encuentro recios, decididos. Me dicen: Cálmate. Somos tres cerditos, ya pero, ¿quién teme al lobo feroz?

Cae hollín por la chimenea, el lobo se cuela por cualquier apertura como una rata. Entre la ceniza las ascuas relampaguean débilmente pero en nuestros ojos fulgura la seguridad de no habernos equivocado.

viernes, 30 de octubre de 2009

Descubrimiento

Sergio Álvarez Guillén


Hay luz en mi rostro y no comprendes. Lo sé. Lo veo en la inocencia de tu mirada. Estás segura de que he gozado con tu boca, con tu pecho. Ignoras que no lo deseaba, que al dejarte hacer lo único que he conseguido es aislarme en el placer más desolador.

Y sin embargo, ahí están tus labios y mejillas, tus pezones y vientre impregnados de un odio tibio y espeso que no sospechas. Aún pretendes dilatar mi satisfacción tumbándote sobre mí, acariciando con todo tu cuerpo mi piel, mi pene que se resiste a abandonar la voluptuosidad alcanzada; pero me zafo, me escabullo hasta el baño. Escuchas el agua. Piensas que algo ha cambiado en mí y justificas esta extraña novedad de lavarme inmediatamente; supones que ahora necesito sólo de tus cosas, tan saturado estás de ti mismo, pequeño…

Y sí, he cambiado, pero es en todo; y ya no puedes comprender a pesar de la luz en mi expresión turbada e incómoda.

Apago la lámpara. Burdamente escurro sobre tu cuerpo el agua caliente de la toalla; retiro de tus labios mi odio blanquecino y ya frío con la lengua tensa y lo desplazo todo hacia abajo, arrastrándolo por tu cuello, deteniéndome, ya sin asombro, en los rincones más fascinantes de tu pecho, en la misteriosa curva de tu vientre, que ya no me inquieta. Llego hasta la delicia de tu coño hinchado y pierdo despacio la lengua en el laberinto de sus pliegues y gimes, gimes aún más, más intensamente y gritas, en el orgasmo de tu descubrimiento gritas: ¡Oh! ¡Cabrón!... ¡Malo, hijo de puta!

Y es ahora, empapados mis labios del magmático odio que yo mismo he bombeado hasta tu sima, es ahora al entrever tu expresión en la penumbra, cuando quisiera ya no comprenderte. Y fingir, como tú. Y sentir placer únicamente.

viernes, 23 de octubre de 2009

Convicción de la mesa

Sergio Álvarez Guillén

Sobre la mesa de madera. El Señor deja las manos muertas sobre mí. Al verlos llegar, con la carga sobre los hombros, abandona sus manos sobre mí.

Mira a esas personas con incertidumbre porque antes mejoró sus hogares que ellos no han sabido mantener. Los mira con inquietud porque antes advirtió lo peligroso de su esperanza y a ellos no les importó. Mira con recelo a quiénes antes quiso apartar de la fatalidad a la que su obcecación les conduciría y, sin embargo, ahora se presentaba ante él, sin avisar.

El Señor parpadea de miedo porque estos hombres, estas mujeres, estos niños entran en su despacho como si entraran en su propia casa. Han abandonado sus hogares; perseverando en su propósito han superado adversidades, sin ayuda. Son supervivientes y ahora están ante él, en su despacho: callados, seguros, alegres.

Por eso, el Señor, no se sorprende cuando sus propias manos se resquebrajan, se astillan como yo, ahora que me revientan esos que han llegado. Porque con el amor que cargan sobre los hombros hacen añicos sus manos y revientan la mesa de buena madera. De buenos árboles junto a los que ellos crecieron.





viernes, 16 de octubre de 2009

La cata

Sergio Álvarez Guillén

Daniela se apostó tras el montón de cajas vacías en el lateral del puestecillo de frutas. Su hermano José, disimulado entre el gentío del mercado, observaba el quiosco, la caja de tomates y a su hermana, quizá demasiado cerca de ella. Examinaba a los tenderos y calculaba el tiempo que tendrían para cargar los tomates y darse a la fuga. El plan no podía fallar. Pero era indispensable esperar el momento adecuado, elegir el momento de mayor ajetreo de los vendedores.


Sumida en la contemplación de los tomates, percibía vivamente Daniela, a partir de los colores, imágenes cotidianas de su casa; no podía contener los nervios mientras recordaba los colorados mofletes de la abuela y, se sonreía al imaginar la boca abierta de escasos dientes gastados ante la sorpresa de los tomates. A veces, el pequeño primo Arón, amarrado en el descolgado pecho de la anciana, intentaba, más que besarle la cara, morderle las mejillas siempre encarnadas. No es que creas que son tomates, solía decir la abuela, es que tienes hambre. El chiquitín, una vez en el suelo, distraía el hambre garabateando en el suelo periódicos atrasados con un lápiz color verde.


Pensando en esto Daniela avanzó inconscientemente hacia la caja hasta que, ya casi visible a los tenderos, se detuvo sobresaltada al escuchar el fuerte silbido de José que la miraba desde lejos con gesto de incomprensión. ¿Qué cojones está haciendo esta chica?, se preguntó. Seguro que su agujero en el estómago es tan grande como el mío, pero tenemos un plan y hay que controlarse.


El plan lo habían ideado después de pasar por el puesto de los fruteros y ver tan retirada la caja de tomates. Estaban allí, amontonados, casi al alcance de la mano, rojos como las amapolas que crecían detrás de su casucha a las afueras del pueblo. Incluso parecía que tenían puntitos negros como los estambres de las amapolas. Estaban allí, hermosos y olvidados, tal como ellos mismos lo estaban en aquellas huertas de tierra estéril; en una desvencijada caja como la propia chavola en que ellos vivían. Al pasar junto a ella les había parecido que la piel de los tomates brillaba como brillaban los ojos de Lucas, el perrillo que habían encontrado perdido entre los castaños cerca del cobertizo, donde su tío amontonaba la chatarra y muchos trastos viejos sin aparente provecho.


Pasaron de largo y al llegar al puesto de los encurtidos, aspirando fuertemente el olor a vinagre, idearon el plan.


Daniela guardaba en el bolsillo de la vieja falda su bolsa de plástico. José apresaba la suya en el pequeño puño que ya podía apretar con relativa fuerza, se había mejorado del accidente en la fábrica de chapas al intentar entrar por la ventana. Habían decido trasladar los tomates a las bolsas, dividiendo así el peso y evitando que se cayeran de la destartalada caja, dada una posible situación de fuga.


José, sin quitar ojo a su hermana y al objetivo de su plan, hacía como que se interesaba por las mercancías de los puestos cercanos. Mientras, Daniela se esforzaba en concentrarse en el olor de los tomates; no conseguía distinguir el olor dulzón y fresco que debía desprenderse de la caja. Se perdía en los diversos olores del resto de mercancía.


El hambre la punzó el estómago. ¿Podría contenerse? El botín estaba demasiado cerca. Buscó a José y le encontró avanzando resuelto hacia la caja, y en su sonrisa confiada advirtió que era el momento.


Daniela sacó la bolsa de su falda. En un momento, los hermanos estaban sobre la caja, arramplando con los tomates. En menos de tres segundos habían llenado las bolsas y se alejaban escabulléndose entre el hormiguero del mercado.


¡Oiga! ¡Les roban!, gritó una señora. El tendero la miró hosco, con extrañeza y no se inmutó.


Daniela y José corrían con el botín colgando de sus delgados brazos, golpeándoles las rodillas. Cuando se hubieron alejado suficientemente, en un callejón que bajaba al descampado cercano a su casa, se sintieron a salvo y se sentaron en un bordillo.


Sacaron de las bolsas algunos tomates. Una leve náusea les agarró el estómago. El tomate en sus manos había dejado hundir los dedos en su carne. Los puntos negros, como estambres en las amapolas, eran mucho más numerosos y grandes de lo que le había parecido a Daniela. Este está pasado, musitó José mientras rebuscaba algo mejor en el interior de la bolsa. Olía al cuartito de su abuela, agrio, a rata muerta. Extrajo otro que palpó más entero y le hincó el diente. Sabía a los pasados días en que su padre aún vivía, a leche cortada, a galletas rancias, a patatas de tierra. No todos están malos, dijo a su hermana sin mirarla. Pero Daniela, enfrascada en el rodar de sus tomates calle abajo, tampoco escuchaba a Lucas que ladraba desde lejos, seguramente de alegría.



miércoles, 24 de junio de 2009

Para Alberti (que apenas he leído)

Sergio

¡Paraos! Es aquí. En este punto: . comienza el
moflete del querubín. Dejad la luz
las almohadas
los abedules lastimados
de hongos ¡Deteneos! Cruzad la crecida ríada
de megaherzios
de fibra óptica
de sequoyas crecidas. Aquí surge el movimiento y
no hay espesura ni densidad
ni amalgamas de pétalos y néctar
ni nosotros.

Es el rumbo que aquí reniega de señalar sobre la
arena dirección; el binomio soledad - bestia
marismas - quiasmas
complexión - objeto.
¡Esperad! Recordemos la tortura
el silencio devorador
los coches aparcados
las camas sin hacer
los dientes en las bocas.
Y recitemos, nervio a nervio, rojo a rojo, el verso escrito,
la raíz premiada de ovaciones,
de dioses posibles. El eterno
zumbido,
el clamor de las aves
siempre picos.

Es cierto. los albores llegan y regalan,
como los cantos en los ríos (de lisa honra),
unos besos
unos paisajes sobre hojas de nogal embravecido,
como un rápido que despista,
que devuelve alondras por torrentes de días pares.
Gotas de hada extasiada.
Limo de tierra en los puños.

Por cada silencio utilizado, una sinrazón que ya se
alcanza con la punta de mi nabo;
desde los bordillos unas sienes
un algo que se extiende (alma o alma)
hacia lo estrecho, pretende
la irregularidad de latidos vuestros.
Es por eso. ¡Dad un rostro!
¡un hermano!
¡un cansancio recuperado! Una aquiesciencia
premeditada, los oblongos lechos son velas encendidas
cuando despunta el grito
(entre viseles) los ojos trabados
y la ausencia, tempranamente aquí,
ríe
y la ausencia
cuando los labios caen al suelo
miramos locos.

No pronuncies este afán de vida,
esta ida que chorreo.
No palpes esta masa respondiente de tras las
encías que se me escapa y vuelve.
Es la noche obstinada que
amanece sobre los verdes, sobre los miles, SOBRE LOS ÁNGELES.
Ahora, como si la paz naciera,
la palabra muere.

lunes, 8 de junio de 2009

Qué importa ser poeta...

Sergio

(Será que somos pensados
de faz vuelta o sentidos de hambre,
de fácil memoria o estopa;
será que somos funcia y butaca
y pretendemos formas cuando no silencios.
Somos persiguiendo DENTROS llamados FUERA.)
*
Nos soplamos
pero yo te respiro y mantengo
en mis alveolos un segundo, una millonésima de segundo
te apreso
y tú, obcecada, me soplas de nuevo
pero estás tan en mi sangre, eres piel y aliento
fugado por la boca y te despides bañada de ficciones
y círculos y pies y entonces, desde el ángulo aproximado caigo
embrutecido sobre el triángulo que me revelas
y beso cada vértice embriagado: cada seno en punta,
el coño negro.
*
Está la arena por cada espacio extendida,
cubriendo la risa inesperada lengua a lengua.
Saltar las pestañas una a una,
desde los anillos y ribetes hasta el pulso en la nuca,
hasta la nuca y mejilla desde lo más externo,
para lo más eterno, para la arena grano a grano.
Para los quietos dientes él, calor es nube
calor es disfrutar la arena entre los ojos,
demostrar que regando de noche viva tu labio cerca
(casi junto al mío)
la arena nos nacerá sin alarmarnos,
toda febril y como un alma,
como un fluir sentido de memoria que choca contra mi pálpito grande
y el tuyo. Contra el tuyo también choca.
Que con el índice remoto alcanzará su locura nuestra.
Esta arena que me forma palmo a palmo es esta que te encuentro entre los dedos, cae (ven) hacia lo inmenso de tu abrazo pecho a pecho.

*
Mirar. Estoy mirando unos labios, tu boca.
Preguntar por el silencio, en lugar de él, si tu voz me devuelve
a la vida o permanezco, junto a ella, en la oquedad;
si me acurruco niño apoyado en tu vientre
te estoy copiando los ojos sueño a sueño, y mirar.
Mirar la botella llegando al suelo, desde tu mano abierta,
mirarte los pies cortados, dormir cristales y gritar tu frente.
Responder al ruido unos ojos grandes, unos ojos de tu rostro,
del tuyo tus ojos abiertos, de tu flor estoy oliendo y me llegas
nueva. Y eso lo hace más viejo, más para nosotros, porque yo te llego
ardiendo como una estrella, me presento libre y tú dejas de ser
y yo apenas alcanzo te queriendo. Mirar cómo
nos dejamos ir. Uno hacia el otro. Es preguntar por un silencio
que no resiste nuestro caos es silencio
que no responde qué ruido nos traemos
es amor.

miércoles, 20 de mayo de 2009

El rostro en el espejo

Sergio

El sonido de un secador de pelo no me dejaba dormir. Aún era pronto pero ya deseaba ponerme a soñar. Hacía mucho calor, aunque la ventana de mi cuarto estaba abierta. Mi cuerpo se pegaba asquerosamente a las sábanas, estaba bañado en sudor y derrepente cesó el ruido del secador. Sólo se oían algunos pasos en la calle, una voz procedente de alguna televisión con el volumen demasiado alto y un coche arrancando.

Pasados unos minutos el sueño comenzó a invadirme. Poco a poco mi cuerpo sudoroso comenzó a quedarse muerto, relajado. Realmente estaba cómodo. Yacía bocarriba con los brazos extendidos perpendiculares al tronco y las piernas separadas.

Mi mente quería precipitarse al mundo de los sueños cuando, de pronto, noté como brotaba justo en el empeine de mi pie izquierdo un débil picor. "¡Maldita sea!", pensé. Segundo a segundo fui despertando de mi corta tranquilidad. Al principio, intentaba no pensar en ello, intenté olvidarlo. Creí que al no prestarle atención se me pasaría; sin embargo, no sucedió así, al contrario: el picor cobró mayor intensidad y ya empezaba a tener la necesidad de arrascarme. Pero estaba demasiado cómodo, así que probé un método contra los picores. Lo había oido en no sé dónde y a no sé quién. Se trataba de pensar en el picor y convencerte de que podías acabar con él sin tener que arrascarte, tan solo pensando en ello. No funcionó.

En cuestión de minutos se fue extendiendo por todo el pie y temiéndome que alcanzara todas las partes de mi cuerpo, decidí arrascarme. ¡Dios, Hombre-Ira!. Justo en el momento en que iba a hacerlo me cercioré de que no podía moverme. No podía moverme y el picor en el pie se me hacía insoportable. Mientras me lamenteba e intentaba moverme, un nuevo picor surgió en el antebrazo derecho. Al principio era muy débil, pero después se hizo igual o mayor que el de el pie.

El tiempo fue pasando y angustiado sudaba como nunca lo había hecho. Comenzó a picarme el cuello, ¡oh Dios! ¡qué horrible sensación de impotencia! ¡me picaba, me picaba mucho y no conseguía arrascarme!. Después fue el pecho y yo intentaba moverme y sólo conseguía sudar. Y también la cara comenzó a picarme y toda la pierna derecha y todo el brazo izquierdo y finalmente todo mi cuerpo se estremecía y yo creía morir pues el picor no cesaba. Y pasaron minutos que formaron horas, y esas horas y el sudor y el angustioso picor suscitaron en mi cabeza un solo deseo, un deseo que anhelaba con toda mi alma, un deseo diabólico sin duda: juré que, en cuanto consiguiera moverme, me arrancaría la piel.

Finalmente debí quedar profundamente dormido. Y soñé. Soñe que la cama estaba empapada por el sudor, y que el sudor era rojo y, que era rojo porque era sangre. Y soñé con un dolor inimaginable. Soñé que la piel se me había caido.

Cuando desperté, cuando abrí los ojos, estaba en pie, en el cuarto de baño, justo en frente del espejo. Mi rostro y todo mi cuerpo desnudo se reflejaba en él. Y en él sólo vi un cuerpo ensangrentado, despellejado. Observé detenidamente mi pálido rostro, mis muertos labios y horrorizado me miré friamente a los ojos y me pregunté:
-¡Dios!¡¿Estoy aún soñando?!.


(Original de 1996)

martes, 19 de mayo de 2009

Tarde

Sergio

Lenta y sonriente vienes, tarde,
silenciosa entre el alboroto de la calle,
de la gente y de los árboles
crujir de madera vieja y alas abiertas
(dueles sonríes
ante mis huesos astillados por el suelo
alimentas una carne que soy).
Vienes a regalarme
de misterio el cuerpo
a deshilarme las células con gesto obsceno
yo quiero dejarme a ti, tarde,
con un pesimismo controlado
que pretende insanas alegrías.
Toda vez fuiste caída
sobre unos párpados abiertos hacia la tierra
yo quisiera contenerte, tarde,
besarte las hojas de los pulmones
hasta vivir de verde,
hasta retumbar en mi vacío la caída de las hojas.
Partamos si hemos de partir, hoy
te acercas
como una hora insoslayable
que no crece en segundos;
te arrimas como un gata
te lames las uñas distraída,
mirando tras de mi,
esperando encontrar alguna cosa
en aquello que no somos.

martes, 24 de marzo de 2009

El marcapáginas

Sergio

Leería el libro mucho tiempo después de haberlo robado en la biblioteca de la Universidad. Aquel día en que lo sustraje lo regalé a Susana. Ella me había hablado de aquel escritor y de las ganas que tenía de leer ese título. Yo quería ligar con ella y el regalo fue parte del galanteo. Haciendo peyas, resguardados de la lluvia otoñal en el porche del patio, imaginad su sorpresa al entregárselo; cómo creció esa alegría al encontrar entre sus hojas una marca allí donde supuestamente yo había interrumpido mi lectura, para prestárselo a ella. El marcapáginas era una hoja de libreta en la que dejé escrita una nota.

Ese curso lo pasamos en grande. Creamos nuestra pequeña biblioteca paralela intercalando libros en los estantes de literatura de la pequeña y abandonada biblioteca del instituto, donde muy pocas personas husmeaban. A veces, entreteniéndonos en construir argumentos combinando varios títulos, el descubrimiento de una ausencia en nuestros volúmenes nos divertía sobremanera. Imaginábamos al eventual ladrón a punto de introducir el libro en su mochila, nervioso mirando a los lados, y con la seguridad de llevarse un libro que ya está robado.
Estas ausencias nos convertían en motivados detectives, concentrados pronto en el juego de las averiguaciones, ¿quién podría ser el furtivo lector? Tras suspicaces procesos de investigación, que nos llevaban al espionaje y acecho de presuntos ladrones, llegamos a conocer, de diversos personajes del instituto, sus lugares preferidos para una lectura tranquila y meditada.
A pesar de toda la dedicación fallamos normalmente las disparatadas hipótesis, descubríamos que habíamos partido siempre de suposiciones erróneas y, finalmente, entre risas, nos reconocíamos pésimos detectives.

De tres desapariciones en ese año, sólo llegamos a descubrir el paradero de un libro, muy especial para nosotros, y a su exquisito y furtivo lector. Además, nuestra peculiar sociedad ganó un nuevo miembro. Se trataba del Joaqui, que iba a la clase de al lado. Nuestra biblioteca paralela experimentó un gran crecimiento gracias a las aportaciones del Joaqui: Chéjov, Calvino, Carver, Bukowski por ejemplo (cuando nosotros andábamos con Poe, Maupasant, Cortázar y Hesse, entre otros).
Después del verano, de vuelta en septiembre, Susana me dijo que ya no estaba enamorada de mí. Desde hace algún tiempo, agregó. Agradecí su sinceridad pero fue una gran putada. De golpe entendí por qué desde el principio ella tuvo tan claro quién podría haber robado el libro fundador, aquel que robé para ella: El juego de los abalorios.

Ese curso escolar apenas nos tratamos. El día de las notas de verano se acercó en el porche del patio. Me dijo que haría tercero en otro insti. Llevaba en la mano la nota que marcaba la página en la que yo había detenido mi lectura (en ese momento dudé seriamente que alguna vez hubiese creído semejante patraña), aquella que me sirvió para acercarme a ella. La colocó entre mis dedos. Leí aquellas palabras con ansiedad. Extrañé mi propia letra, después de dos años. Había añadido el número de la página. Me entregó también el libro. Puse la nota de modo automático entre sus hojas y así el volumen fuertemente con las dos manos. Observé el sello de la biblioteca de la Universidad en el grueso del canto de sus hojas mientras escuchaba su voz.

- Ahora podrás terminarlo. El resto los donamos, ¿no?

Me sentía fatal. No podía mirarla.

- Claro. Ahí quedarán –alcancé a murmurar sin quitar la vista del sello.

Luego nos abrazamos. Después se fue.

En una zona poco concurrida del parque contiguo al instituto me senté en un banco y comencé a leer. Pero no conseguía concentrarme ni en una sola letra. Un sentimiento desconocido crecía en mi interior, se hacía fuerte y me dejaba sin vista, sin tacto, sin respiración. Escudriñé el libro más allá de la portada. Lo dejé caer al suelo de arena. Lo pisoteé furioso, con mucha rabia. Pero en seguida lo recogí y tras observar que no lo había jodido del todo lo guardé cuidadosamente en la mochila. El marcapáginas quedó como un bicho bola entre los granos de arena.

jueves, 29 de enero de 2009

Cristina, cristal, trufas

Sergio

A Matías no le importaba, pero lo que es a Justa, ya le estaba poniendo de los nervios. Claro que luego era ella quien tenía que frotar bien la superficie del cristal hasta hacer desaparecer las manchas porque es muy importante que el escaparate esté bien limpio y transparente, hasta el punto que parezca que no hay.

Eso mismo imaginaba la niña Cristina: que no había cristal, que podía alargar el brazo y meter el dedo en el merengue del milhojas, o coger la guinda del borracho, o un poco de manzana de aquellas tartas con almíbar. Luego estaban las trufas con sus virutas de chocolate. Imaginaba que acercando la boca un poco más podría tener entre sus labios acaso unas pocas virutas, en la punta de la lengua saborearlas despacio y luego aplastarlas en el paladar un buen rato hasta tragar la saliva negra como batido de chocolate.

Y todos los días igual, con su mochila de colegiala, no podrá irse a casa a estudiar y hacer las cuentas… tiene que quedarse todo este rato relamiéndose como si no comiera en su casa; las malditas manos apoyadas en el cristal, resoplando vaho por las narices llenas de mocos. Y Matías como si no la viese, como si ese pelo rojo de la niña no llamase suficientemente la atención sobre el gris de la calle, como si esa mirada que a veces nos dirige no mostrara cierta perversidad y ambición. Si no llega a transmitir miedo quién dirá que no es inquietante esa forma de estirarse los tirabuzones mientras pierde la mirada en los pastelitos, y no se mueve ni un centímetro a pesar del frío y la lluvia o la nieve.

El agua, el frío por los agujeritos de los zapatos y los calcetines de verano. Al menos, su padre había podido comprar un abrigo chubasquero en el puesto de segunda mano. Su padre, que tanto lloraba por las noches mirando los anuncios de televisión, sentado frente a un vaso de vino, sólo, creyendo que Cristina dormía, cuando, en realidad, estaba tras la puerta, con la fotografía de su madre contra el pecho, su madre que ya nunca más. Aún era niña pero conocía bien que el subsidio por desempleo estaba llegando a su fin y, ¿dónde iremos? ¿dónde iremos? murmuraba su padre entre trago y trago y se esforzaba en cambiar de canal con el mando que estaba quedándose sin pilas.

¡Hombre! Parece que por fin se va a poner las pilas. Después de más de quince minutos que lleva pegada al cristal como una lapa, por fin Matías, tras mirarla con curiosidad me mira en el fondo de los ojos: ¡vamos!, ¡échala de ahí! Ya tampoco él lo aguanta más. Sale del mostrador disimulando, distrayéndose en colocar las palmeritas de las bandejas de fuera, perfilando las bolsas de patatas fritas en sus estantes, todo para no ahuyentarla, claro. La niña le mira sólo a veces, está demasiado concentrada en paladear imaginariamente los dulces, la cochambrosa. Fíjate que sale Matías por la puerta y ella ni tan siquiera deja de babear el escaparate, no se aparta ni un centímetro, la sin vergüenza. Matías se ha acercado, ahora la tiene por el brazo. Ella se asusta, quiere escapar. Casi empieza a llorar pero Matías se acuclilla, la mira seriamente, le está diciendo unas palabras. Finalmente la niña no llora. Primero dice no con la cabeza. Después orienta la cara al suelo. ¿Tiene los ojos cerrados? Matías no para de hablar. Está serio. La niña vuelve a decir que no. Quiere irse. Forcejea para librarse de la mano de Matías que apresa su muñeca. Ella tira, parece una salvaje, entonces Matías le suelta el brazo. Inmediatamente ella da unos pasos atrás. Le mira fijamente. Él se incorpora. ¿Qué hace? Parece que está sonriendo a la niña. Le alarga el brazo, le tiende la mano. La niña titubea, estira sus tirabuzones. Ahora se acerca y coge su mano. Los dos miran hacia adentro. Ahí estoy yo, no entiendo nada, me observan un momento y se dirigen a la puerta.

Desde la puerta de su casa Cristina llama a su padre. Cierra dando un fuerte golpe empujando con el talón y suelta la mochila en el suelo de la entradita. Le grita su nombre, viene eufórica o enfadada, violenta o feliz. En el salón, la tele está encendida. Venden la vida por la tele, hijita. La voz llega desde el sofá, la niña mira el respaldo y olfatea el aire. Se acerca. No compres tu vida en la tele, cariño. Su padre se extiende a lo largo del sofá de tres plazas. Sobre la mesita hay dos botellas de vino y un vaso. Las botellas están vacías. Si sale mala no te la van a descambiar, amor. Habla con los ojos cerrados. Despierta papá, abre los ojos, mira. El padre se remueve en el sofá, se recuesta un poco en el reposabrazos. Apenas consigue mantener los dos ojos abiertos a un mismo tiempo. ¿Qué es eso, princesa? Son para ti (nunca has visto sonreír así a Cristina). ¡Oh, mi niña, que buena pinta tienen! ¡Muchas gracias! Mastica una trufa y vomita.

Cuando Cristina sale de la pastelería, Justa se quita el delantal y tirándoselo a Matías a la cara, le grita que ante semejante gilipollas le dan ganas de vomitar. Matías no se inmuta. Después sale a la calle mirando el cielo y respirando profundamente.

El padre de Cristina se siente profundamente estúpido. Cristina está fregando el suelo y viéndole llorar suelta la fregona y le acaricia el pelo. No pienses que no me gustan las trufas, princesa.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Receta para no escuchar

Sergio


Por mucho que aporreara la puerta no conseguiría cambiarle de parecer. Y tampoco se iba a hacer de miel por mucho que lloriquease y moqueara suplicando por el amor de dios. Que bajase él del cielo para ayudarle si quería, Luisa ni por asomo volvería a escucharle. Encendió la tele y subió el volumen. En su cocina americana se dispuso a preparar la cena. Con un cuchillo comenzó a trocear cebolla. Los golpes en la puerta eran casi continuos y, a veces, tras una breve pausa que presagiaba el abandono, volvían con más ímpetu y acompañados por alaridos rabiosos que podrían dar miedo a cualquiera. Pero Luisa los conocía bien y la costumbre le permitía cortar ahora un pimiento verde en rodajas finas, sin el más mínimo temblor en sus manos. Puso al fuego la sartén con aceite mientras escuchaba como, afuera, gemía y pedía por favor que le dejase pasar. Cuando echó una cabeza de ajo partida por la mitad pensó que iba a reventar la puerta con esas patadas que le estaba propinando. Olía estupendamente el sofrito al agregar las setas troceadas, el perejil y la pimienta. Escuchó un ruido como de un cuerpo que se deja caer de espaldas bruscamente contra la puerta hasta quedar sentado en el suelo y, volcó el salteado de verduras en la fuente. De fuera, llegaban lamentos y suspiros y colocó sobre la mesita el plato con la mitad del salteado, un tenedor y unos colines. Se sirvió un vaso de vino tinto fresco y al ver la mitad de la fuente dudó en ceder. No se decidía. Tras la puerta tosía fuertemente. Como una autómata sirvió otro vaso de tinto. Titubeó unos instantes, mientras le parecía escuchar leves golpes en el suelo y joder, joder. Cogió otro plato, lo colocó en la mesita. Se dirigió a la puerta y, cuando ya tenía la mano en el pomo, se detuvo. Distinguió varias voces al otro lado. Parecían palabras de consuelo. Luisa se apresuró a bajar el volumen de la tele y, de nuevo, puso la oreja en la puerta. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu nombre? La voz le resultaba conocida, podría tratarse de cualquier vecino. Entonces observó por la mirilla: ya caminaban hacia la escalera, de espaldas a la puerta.
Volvió al sofá. Escudriñó su plato rebosante de salteado. El otro plato, vacío. En la encimera de la cocina, la fuente con la otra mitad de la cena.

Bueno.

Tenía mucha hambre. Ella podría con todo. Comió un bocado.

¡Está frío!, dijo. Dejó el tenedor.

Acercó despacio la mano a la boca. Escupió la comida sobre la palma. Se sorprendió al ver cómo temblaba y cerró el puño con fuerza.

Cambió de canal varias veces sin detenerse en ninguno. Estaba asustada. Por un momento creyó haberse quedado sorda.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Frente a esta máquina


sergio


Frente a esta máquina,
ante esta máquina mis segundos se hacen arena
arena que no obstruye esta máquina,
esta máquina que hace de mis dedos cables de la máquina,
de mis venas flujo de búsquedas que llevan
al ocaso de la luz, en mis ojos
astros que rotan en su bóveda,
pálida aventura de una inteligencia nueva,
progreso que abrasa la tierra pasada;

frente a esta máquina, solo, oigo su respiración:
el ventilador no ahoga el zumbido íntimo de su esencia mecánica;
frente a esta máquina me reseteo como un incendio que renace
oponiéndose a la ceniza amiga,

hay un lamento que es como un crujir de dientes
hay un lamento que no nace en mi ser ni esta solo ante la máquina
hay una oxtia en la boca llena de dientes tristes de leche
hay balbuceos que recuerdan un canto a la madre muerta,
a la máquina que contempla su imagen atónita.


martes, 21 de octubre de 2008

El escondite

Sergio


Entraba luz por los agujeros de la caja que servían de asa. Dentro Iman respiraba el olor a cartón. Le resultaba confortable su escondite. Oculta de las otras niñas que jugaban y del resto de personas que pasaban cerca de ella, secreta, aislada, se encontraba a gusto. Escuchaba breves diálogos y gritos de las niñas en el exterior que se nombraban cuando eran descubiertas. Algunas se negaban a salir de sus escondrijos porque no habían sido identificadas correctamente. Ella contenía la respiración y se concentraba en no rozar la caja al cambiar la posición de las piernas agarrotadas por la prolongada inmovilidad.

Era fantástico estar allí dentro. Sentirse invisible en la plaza llena de gente le producía una extrañeza de si misma. Cerraba los ojos y quedaba más vulnerable a sus propios pensamientos. Éstos comenzaron a transportarla a los tiempos en que los hombres vivían en cavernas. Sintió frío. Percibió humedad, quizá de su mismo aliento y de la transpiración de su piel. Sentada con las rodillas flexionadas hundidas en el pecho, recordó a su perrita Almendra nerviosa en el interior de la jaula de viaje. Imitó su forma de llorar, esos quejidos agudos contrayendo la garganta y, de repente, notó ganas de orinar. Contuvo el impulso de salir fuera ladrando y lloriqueando y se llamó tonta a si misma: por ese juego de su imaginación podría haber sido descubierta.

Durante largos segundos o quizá minutos se esforzó en no pensar en nada. Intentó dejar en blanco su mente. A través de los ojos entornados se fijaba en las rugosidades del cartón. Pronto sintió hormigueo en las plantas de los pies y las voces y los otros sonidos del exterior fueron perdiendo viveza e iban quedando en sordina, como distantes, llegando de otra realidad que se alejaba. Su cuerpo comenzó a relajarse. Separó las rodillas, adelantó los pies, clavó los codos, levantó la cabeza, la caja comenzó a ceder a la presión, se deformó levemente. Escuchó a Sucra gritar ¡ahí hay alguien!, y también a Lucía ¡tiene que ser Iman o Norah!. Imán levantó la caja y volcándola hacia atrás quedó bruscamente en pie ante sus dos amigas. Se miraron con los ojos muy abiertos. Ninguna pronunció palabra. Imán corrió hacia su casa con la esperanza de que su madre sí la reconociese.

lunes, 13 de octubre de 2008

No va a detenerse

Sergio.

Entre un montón de papeles escritos movía los ojos y ya se mareaba. Letras frases nombres adjetivos indicaciones preguntas casillas escriba en letra de imprenta notas a pie de página letra pequeña números entre paréntesis subrayados cursivas negritas condicionales afirmaciones exhortaciones. Hizo una pelota y lanzamiento a través de la ventana. Cerrando la puerta tras de sí un estruendo en la escalera intencionado. Ella bajando su mano en cada timbre ojos en las mirillas no giran los pomos. Ella ríe ríe ríe y su juicio intacto. Sentada los peldaños fríos pero los papeles imposibles qué locos los han creado y se tumba y locos grita locos. Vecindad cada cual en su casa encierro ajena a todo pero el miedo y los teléfonos con bocas pegadas. En la calle aquellos autorizados a sentirse dueños del orden con armas uniformes autorizados a detener la alegría de amarse a sí misma lo suficiente que aparece por el portal y no va a detenerse no va a detenerse ella no va a detenerse.

jueves, 25 de septiembre de 2008

No puedes engañarte

Sergio

Dices que lo intentas por segunda vez. Coges la foto. Detenidamente observas en la barbilla aquella pequeña cicatriz, el leve rictus en la sonrisa, los ojos preguntones y, más arriba, ya te esfuerzas en descifrar el mensaje. Su endiablada caligrafía cruza la frente. Se extiende más allá de los occipitales. El alfabeto te resulta incomprensible aunque lo sientes molestamente ligado a ti. Dices que sobre su frente ese texto ilegible usurpa el lugar de tus caricias, el apoyo de tu pecho. Juras que hubieses preferido sobre su rostro la letra clara de un desconocido antes que esa letra suya incomprensible. Que desde su trazado caótico apunta hacia tu memoria y despliega, una a una, ante tu entendimiento, las últimas palabras que escuchó de ti.
No me dices que despiertas del sueño justo cuando coges de nuevo la foto para intentarlo una vez más, porque escucharse hace daño y es más fácil no entender. Sé que me lo ocultas a sabiendas de que a mi no me puedes engañar.