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jueves, 20 de enero de 2011

500 palabras

José Ángel López Jiménez

Las letras flotan en el aire junto a las motas de polvo y la luz del Sol, en paz con su significado. Pero como niños después de la última clase, se desordenan y enredan entre experiencias pasadas, sentimientos y emociones al entrar dentro de mí, transformándose en palabras arcanas y crípticas que se miran como soldados enemigos con la escopeta apuntando al corazón ajeno y el miedo en la boca del estómago. Tus visajes, antes bienvenidos, son intrusos a los que les arrojo aceite hirviendo desde mi alcázar, ladrones sibilinos que en un callejón oscuro me amenazan con un cuchillo.


No hay nada que podamos hacer, estamos arrinconados en nuestros prodigios mudos, perdidos en el laberinto de nuestros intestinos. Me asomo por la ventana y nos veo cogidos de la mano, infectados de la crueldad de la inocencia, jugando a confundirnos. Paseamos por la imaginación de las calles de la ciudad, de los silencios que no lo eran y de los sonidos que hacen temblar de frío; por sus avenidas, siempre cuesta abajo, te rozaba la soledad y se te ponía la piel de gallina, sentía como te estremecías en mi columna vertebral.

Nuestra incomunicación es la incomunicación del universo, vetusta y venenosa como la vergüenza, nos ha alejado al uno del otro desde que se emitió el primer sonido, añadiendo un pequeño abismo por cada palabra sumada al idioma decano. Ahora, perdidos en el océano de la retórica, buscamos en la ceguera de los secretos un sueño al que agarrarnos para volar al origen de los abrazos. Y es que husmeamos entre la basura del amor, aguantando las mordeduras de las ratas y el olor podrido de los cadáveres de las personas que éramos, con la ilusión de que los recuerdos dejen de ser heridas infectadas de gloria.

¿Por qué lo que más amaba ahora es destierro? Te llevas el índice a la boca mandando callar a las esperanzas de sinergia como una bibliotecaria quisquillosa y me llamas mentiroso cuando zurzo mis entrañas con tus lágrimas. Respondiendo a tus achaques te grito a ti, al día que se me aceleró el corazón cuando te vi, al instante de tu nacimiento. Negando que somos estafados por los tiempos pretéritos, nos envolvemos en sábanas blancas con dos agujeros y follamos asustándonos con la falsa seguridad de la arrogancia en el aislamiento en la inmensidad de la cama, mirando a la misantropía con la timidez de unos adolescentes que no saben que decir. Por un segundo pienso que todo se puede arreglar si te doy quinientas palabras de ventaja, pero cuando empiezas a hablar de nuevo, el orgullo vence y la nada regresa. Y en la paz de la tormenta, nos susurramos al oído que la peor soledad se divide por dos.

jueves, 21 de octubre de 2010

Redención

José Angel López Jiménez
La habitación es más grande que el universo y en unos segundos mengua hasta el tamaño de una caja de zapatos. Me tiendo en el suelo buscando el ángulo correcto para ver por la ventana sólo el cielo rojizo, libre de la horrenda visión de las antenas de televisión y la ropa tendida, de los edificios mustios y los sueños beodos. El ruido y la contaminación de las alimañas que viven fuera infectan sin piedad mi mundo, pringando las paredes con su hedor negro de aceite quemado.
(La decisión está tomada)
Contemplé la cárcel que había construido ladrillo a ladrillo, barrote a barrote, para cumplir la cadena perpetua a la que me había condenado. Los presos caminan encadenados a la rutina, abúlicos y cadenciosos, atusándose el pelo y mirándose en el espejo a cada instante. Unos detrás de otros, con paso firme, buscando la redención que sólo les llegará con la muerte.
¿Cuántas decisiones había tomado en mi vida con libertad?
Ninguna.
(Ya no hay vuelta atrás)
Agarro el cuchillo con fuerza, me tiemblan las piernas.
Acerco la hoja a la garganta, tengo que atravesar la yugular de un corte.
Tengo miedo.
Siento abrirse la piel en dos, cómo los músculos se hienden y se fracturan los huesos. Trozos de epitelio se caen al suelo, otros, muy pequeños, flotan en el aire.
Y la sangre fluye.
Lo primero en evaporarse es la infancia. Mis padres, mis hermanos, mis abuelos, los meses en la playa haciendo castillos de arena, los lápices de colores, el amor blanco e infantil por mi profesora…
Cada latido de mi corazón destierra la sangre caliente al exterior.
Después olvido las matemáticas, la universidad, la historia, los teoremas, los idiomas, montar en bici y todos los libros que he leído. Se desvanecen los consejos que no pedí y todas las decisiones que tomé.
Un dulce temblor viaja de los pies a la cabeza. La debilidad conquista poco a poco mi cuerpo.
Desaparecen las promesas incumplidas, las mujeres, las novias, los amigos, los horarios, los logros y los fracasos. Las personas que pasaron por mi vida ya no existen en mi cabeza.
(Percibo los colores como si tuviesen sabor)
La luz del atardecer ilumina la habitación, que ya no es grande ni pequeña, es hermosa.
Sólo me queda limpiar la sangre del suelo y las paredes, lavar las cortinas y disfrutar de mi libertad.
(Ellos)
Se retuercen como los caminos de una montaña para seguirme con sus miradas, los comentarios despectivos son la nueva sangre que fluye por mis venas.
Percibo su miedo y me gusta.