Ahora que estoy leyendo El alegre mes de mayo y otros cuentos de O`Henry (Espasa-Calpe, 1958) quiero compartir este tan oportuno para el día de hoy. Que lo disfrutéis con la familia.
Leer el cuento El regalo de los Reyes Magos
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domingo, 6 de enero de 2013
miércoles, 2 de enero de 2013
Invitación
Sergio Álvarez Guillén
El camarero
seca vasos con un paño. La chica del abrigo largo está inclinada sobre la barra.
La mujer sentada a la mesa del fondo bebe su cerveza, observa un momento y
continúa leyendo su cuaderno de notas.
- uno setenta.
- pero eso es imposible.
- mire, es la tercera vez que le
digo lo que cuesta.
- y yo le repito que un café no
puede costar uno setenta.
- señorita, es el precio que
tiene aquí. Usted debería haber preguntado antes de tomarlo.
- no pienso pagarlo. Tratándose
de un robo usted debería haber advertido “esto es un atraco”.
La mujer del
fondo se levanta y se acerca a la barra colocando sobre ésta un billete de
cinco euros.
- cóbrese mi caña y el café de la
señorita.
Los ojos del camarero se
balancean antes de suicidarse sobre la caja registradora.
- señora, así no está ayudando a
na...
- soy la dueña del local; por
favor, salga de aquí ahora mismo.
[Hiperbreve para El Café, obsesión de Léptica ]
[Hiperbreve para El Café, obsesión de Léptica ]
lunes, 5 de marzo de 2012
La hora de los cansados, de Enrique Vila-Matas
Persigámonos, antes de explotar. Lo justo para entender que la soledad es inevitable.
Acceso al cuento de Vila-Matas.
Acceso al cuento de Vila-Matas.
sábado, 4 de febrero de 2012
Sin título
Zemyla
Elvis Presley con una balada sonando por 30 altavoces Hi-Fi, melodia
penetrantemente navideña.
Si salía fuera de aquel enorme habitáculo otros trenta y cinco altavoces
colocados declarando trinchera la autopista y a cuatro puntos verdes.Volvi a
meterme , incomoda por no poder darme un paseito como hasta entonces habia
hecho.
Olor a cloro, piscina de invierno imitando a algo puro e higienico, esa es la
palabra de la venta:pulcritud ,me daba nauseas.
Pulcro,cada uno con su bandeja y cada bandeja apilada en un monton con trozos de
merluza y pan en salsa.
Lamparas de diseño, indicaciones en mil idiomas, suvenirs y un boli que me tengo
que robar para poder escribir estas.Apenas pinta.Pero pone Córdoba.
Caras largas dispuestas en lineas paralelas y regulares, musica sonando ,ahora
tema de Celin Dione.
Las mesas estan ordenadas, la gente sola en cada una alterna la disposicion para
no encontrarse en las miradas.Verguenza a lo
Pulcro, camino desesperanzada en busca de un trozo de pan que no me cueste 5
euros, lo veo envuelto en un plastico abandonado.
Una mujer arrugada con abrigo de piel me mira de reojo, tiene el plato lleno y
abre el postre del menú, satisfecha erupta en silencio, le ha sentado de lujo la
comida.
Salgo solo tengo que esperar 10 segundos mas para que esta serie de ciencia
ficcion de los ochenta deje de existir
cuatro , tres , dos , uno, suspiro aliviada, arranca el autobus, dentro de otras
2 horas, otra parada.Poco a poco...
lunes, 21 de marzo de 2011
Epístolas
Zulo
Nunca hubiera pensando (y por pensar refiero un estado mental de concentración en algo con mayor duración de treinta segundos) que una puta carta de mierda fuese a dar para tanto y, aprovechando vuestra reflexiva, rápida y contundente respuesta, me he permitido la licencia de concretar y bautizar vuestras innovadoras y revolucionarias teorías:
EPISTOLA I: EL BOSQUE.
En realidad no me puedo quejar mucho de mi situación laboral, gano suficiente dinero como para vivir y tengo buen horario. Pero hay veces en que lo mandaría todo a la mierda. Hay días en los que me iría a vivir a un árbol, y desplazarme de rama en rama por un el tupido bosque donde estableceré mi residencia, recolectando frutos y cazando alimañas con las que alimentarme. Solo bajaré de mi mundo elevado para matar campistas y domingueros y luego vender sus baratijas por Internet. Pero luego descarto esta opción, no podría ser posible, es una ilusión descabellada, seguramente ninguna compañía me pueda ofrecer una conexión de banda ancha en el bosque.
A vuestros sucios pies. Un servidor.
EPISTOLA RESPUESTA: EL BOSQUE.
Es probable (nadie lo ha demostrado) que la conexión de banda ancha no sea imprescindible para una vida satisfactoria y plena de un simio arborícola recolectorasesinodominguerosdemierda. Haber quien tiene huevos de subirse al árbol a comprobarlo….¡¡¡¡INVOLUCIÓN!!!! ¡¡¡¡¡INVOLUCIÓN!!!!
Un abrazo de otro mono asesinacampistas.
EPISTOLA RESPUESTA II: EL BOSQUE II.
No sé sí para ser feliz será mejor tener una buena banda ancha o tener una escopeta por si las moscas algún hijo puta te quiere molestar porque sí y fastidiarte el día. Actualmente hay muchos con esas intenciones. Pero el otro día tuvimos una gran idea sobre un tema que andábamos tiempo pensando pero nunca lo llegamos hablar a pecho descubierto. Con un gran amigo, y padre a la vez, concluimos que todos los problemas se acabarían si en cada agujero metiésemos a las personas indeseables de este planeta, que sabemos todos que son muchas. Por ejemplo en las minas de las que sacan mineros atrapados, que se están forrando gracias a estar allí dentro 70 días, les volvía a meter para que se dejasen de estupideces de holliwod o como se escriba, que no tengo en mi vocabulario esa palabra, perdonadme. También metía a tantos más como ellos, desde del que lleva corbata y maneja la pasta de todos hasta al pobre idiota del barrio que está loco por su hiundai coope de mierda. Pero daros cuenta que nos quedaríamos sin agujeros para meter a tanta personas (les llamaremos personas pero en sí no lo son). Aún así el planeta es fabuloso y nos daría otra idea, otra posibilidad para meter a idiotas en algún lado (mares, volcanes, fallas...). Y volviendo al tema del que empezó todo este embrollo, sí que nos podríamos ir a vivir a las copas de los árboles o donde quisieras vivir. No tendríamos que presentar ningún tipo de papel a nadie porque sí. ¿Sabéis donde iría, no?, a un árbol, claro. Te podrías bajar sin tener que cruzarte con algún idiota por tu camino y poder mandar tu e-mail tan cómodamente en un ciberárbol, o no, mejor lanzando piedras, y olvidarnos de estar continuamente conectados a un aparato de plástico que en cualquier momento te puede dejar tirado porque se ha ido el sistema operativo (¿donde cojones se ha ido sin mi permiso?).
Así que amigos, ¿Es realmente el lugar donde vivimos o son las personas que nos rodean las que nos molestan?
Fotis.
EPISTOLA RESPUESTA III: LAS TEORIAS DEL BOSQUE.
Queridos amigos epistolares:
Nunca hubiera pensando (y por pensar refiero un estado mental de concentración en algo con mayor duración de treinta segundos) que una puta carta de mierda fuese a dar para tanto y, aprovechando vuestra reflexiva, rápida y contundente respuesta, me he permitido la licencia de concretar y bautizar vuestras innovadoras y revolucionarias teorías:
1ª. Teoría del darwinismo invertido. Rotunda declaración de principios de un tipo que iba para mono y se quedó en hombre. No solo se atreve a hacer dobles negaciones consiguiendo el aturullante efecto perverso de convencer al lector de su teoría, sino que aplaude el asesinato de campistas y domingueros y reta a cuanto aguerrido bípedo que se crea capaz de practicar la teoría del árbol.
2ª. Teoría de los agujeros llenos. Si hay un dios ahí arriba por favor que escuche al Fotis. Que profundidad de análisis el suyo en cuanto que ha sido capaz de encontrar mil y un recovecos donde administrar un poquito de justicia. Teoría tan aguerrida que se ha atrevido a desafiar a holliwod, o como se escriba, menospreciándoles sinceramente, y aunque tentado estoy de contestar su último y puto reto (realizado con una pregunta), me voy a abstener porque la cuestión tiene mandanga.
2ª. Teoría de los agujeros llenos. Si hay un dios ahí arriba por favor que escuche al Fotis. Que profundidad de análisis el suyo en cuanto que ha sido capaz de encontrar mil y un recovecos donde administrar un poquito de justicia. Teoría tan aguerrida que se ha atrevido a desafiar a holliwod, o como se escriba, menospreciándoles sinceramente, y aunque tentado estoy de contestar su último y puto reto (realizado con una pregunta), me voy a abstener porque la cuestión tiene mandanga.
Un servidor.
jueves, 20 de enero de 2011
500 palabras
José Ángel López Jiménez
Las letras flotan en el aire junto a las motas de polvo y la luz del Sol, en paz con su significado. Pero como niños después de la última clase, se desordenan y enredan entre experiencias pasadas, sentimientos y emociones al entrar dentro de mí, transformándose en palabras arcanas y crípticas que se miran como soldados enemigos con la escopeta apuntando al corazón ajeno y el miedo en la boca del estómago. Tus visajes, antes bienvenidos, son intrusos a los que les arrojo aceite hirviendo desde mi alcázar, ladrones sibilinos que en un callejón oscuro me amenazan con un cuchillo.
No hay nada que podamos hacer, estamos arrinconados en nuestros prodigios mudos, perdidos en el laberinto de nuestros intestinos. Me asomo por la ventana y nos veo cogidos de la mano, infectados de la crueldad de la inocencia, jugando a confundirnos. Paseamos por la imaginación de las calles de la ciudad, de los silencios que no lo eran y de los sonidos que hacen temblar de frío; por sus avenidas, siempre cuesta abajo, te rozaba la soledad y se te ponía la piel de gallina, sentía como te estremecías en mi columna vertebral.
Nuestra incomunicación es la incomunicación del universo, vetusta y venenosa como la vergüenza, nos ha alejado al uno del otro desde que se emitió el primer sonido, añadiendo un pequeño abismo por cada palabra sumada al idioma decano. Ahora, perdidos en el océano de la retórica, buscamos en la ceguera de los secretos un sueño al que agarrarnos para volar al origen de los abrazos. Y es que husmeamos entre la basura del amor, aguantando las mordeduras de las ratas y el olor podrido de los cadáveres de las personas que éramos, con la ilusión de que los recuerdos dejen de ser heridas infectadas de gloria.
¿Por qué lo que más amaba ahora es destierro? Te llevas el índice a la boca mandando callar a las esperanzas de sinergia como una bibliotecaria quisquillosa y me llamas mentiroso cuando zurzo mis entrañas con tus lágrimas. Respondiendo a tus achaques te grito a ti, al día que se me aceleró el corazón cuando te vi, al instante de tu nacimiento. Negando que somos estafados por los tiempos pretéritos, nos envolvemos en sábanas blancas con dos agujeros y follamos asustándonos con la falsa seguridad de la arrogancia en el aislamiento en la inmensidad de la cama, mirando a la misantropía con la timidez de unos adolescentes que no saben que decir. Por un segundo pienso que todo se puede arreglar si te doy quinientas palabras de ventaja, pero cuando empiezas a hablar de nuevo, el orgullo vence y la nada regresa. Y en la paz de la tormenta, nos susurramos al oído que la peor soledad se divide por dos.
jueves, 4 de noviembre de 2010
Evitar
Edurne
Me da escalofrio, me siento sola, ¿a nadie más le pasa?
No soporto el sopor que me sostiene viva, ¿cómo puedo vivir con este sostén?
Me da frio, me quedo parada, me asusta.
Los veo y me conmueven, qué cabrones, ellos no lo saben pero me tienen cautivada, joder como evitar, que su levitar yo lo evite… qué dilema, ¡coño!
Sé lo que puedo hacer, seguir caminando, total todo el mundo está haciendo lo mismo, están ahí parados, tirados, lo que cae del brazo, ¿es sangre?
Los dos intentan levantarse, pero joder si es que están muy puestos y no llegan a soportar toda su pena, su desánimo, sus cuerpos arqueados, de las vidas asquerosas que llevaron.
Conocer sus vidas, me da miedo, insoportable quizá aguantar tanto dolor, sino ¿Por qué lo hacen? No lo entiendo, o sí, es la vida, que a algunos les da vida y a otros se la quita, claro, ya lo entiendo, ¡Coño! Es que unos tienen una puta flor en el culo y a otros se la meten por el culo pero con espinas y todo.
Me da escalofrió, me siento sola, ¿a nadie más le pasa?
jueves, 21 de octubre de 2010
Redención
José Angel López Jiménez
La habitación es más grande que el universo y en unos segundos mengua hasta el tamaño de una caja de zapatos. Me tiendo en el suelo buscando el ángulo correcto para ver por la ventana sólo el cielo rojizo, libre de la horrenda visión de las antenas de televisión y la ropa tendida, de los edificios mustios y los sueños beodos. El ruido y la contaminación de las alimañas que viven fuera infectan sin piedad mi mundo, pringando las paredes con su hedor negro de aceite quemado.
(La decisión está tomada)
Contemplé la cárcel que había construido ladrillo a ladrillo, barrote a barrote, para cumplir la cadena perpetua a la que me había condenado. Los presos caminan encadenados a la rutina, abúlicos y cadenciosos, atusándose el pelo y mirándose en el espejo a cada instante. Unos detrás de otros, con paso firme, buscando la redención que sólo les llegará con la muerte.
¿Cuántas decisiones había tomado en mi vida con libertad?
Ninguna.
(Ya no hay vuelta atrás)
Agarro el cuchillo con fuerza, me tiemblan las piernas.
Acerco la hoja a la garganta, tengo que atravesar la yugular de un corte.
Tengo miedo.
Siento abrirse la piel en dos, cómo los músculos se hienden y se fracturan los huesos. Trozos de epitelio se caen al suelo, otros, muy pequeños, flotan en el aire.
Y la sangre fluye.
Lo primero en evaporarse es la infancia. Mis padres, mis hermanos, mis abuelos, los meses en la playa haciendo castillos de arena, los lápices de colores, el amor blanco e infantil por mi profesora…
Cada latido de mi corazón destierra la sangre caliente al exterior.
Después olvido las matemáticas, la universidad, la historia, los teoremas, los idiomas, montar en bici y todos los libros que he leído. Se desvanecen los consejos que no pedí y todas las decisiones que tomé.
Un dulce temblor viaja de los pies a la cabeza. La debilidad conquista poco a poco mi cuerpo.
Desaparecen las promesas incumplidas, las mujeres, las novias, los amigos, los horarios, los logros y los fracasos. Las personas que pasaron por mi vida ya no existen en mi cabeza.
(Percibo los colores como si tuviesen sabor)
La luz del atardecer ilumina la habitación, que ya no es grande ni pequeña, es hermosa.
Sólo me queda limpiar la sangre del suelo y las paredes, lavar las cortinas y disfrutar de mi libertad.
(Ellos)
Se retuercen como los caminos de una montaña para seguirme con sus miradas, los comentarios despectivos son la nueva sangre que fluye por mis venas.
Percibo su miedo y me gusta.
La habitación es más grande que el universo y en unos segundos mengua hasta el tamaño de una caja de zapatos. Me tiendo en el suelo buscando el ángulo correcto para ver por la ventana sólo el cielo rojizo, libre de la horrenda visión de las antenas de televisión y la ropa tendida, de los edificios mustios y los sueños beodos. El ruido y la contaminación de las alimañas que viven fuera infectan sin piedad mi mundo, pringando las paredes con su hedor negro de aceite quemado.
(La decisión está tomada)
Contemplé la cárcel que había construido ladrillo a ladrillo, barrote a barrote, para cumplir la cadena perpetua a la que me había condenado. Los presos caminan encadenados a la rutina, abúlicos y cadenciosos, atusándose el pelo y mirándose en el espejo a cada instante. Unos detrás de otros, con paso firme, buscando la redención que sólo les llegará con la muerte.
¿Cuántas decisiones había tomado en mi vida con libertad?
Ninguna.
(Ya no hay vuelta atrás)
Agarro el cuchillo con fuerza, me tiemblan las piernas.
Acerco la hoja a la garganta, tengo que atravesar la yugular de un corte.
Tengo miedo.
Siento abrirse la piel en dos, cómo los músculos se hienden y se fracturan los huesos. Trozos de epitelio se caen al suelo, otros, muy pequeños, flotan en el aire.
Y la sangre fluye.
Lo primero en evaporarse es la infancia. Mis padres, mis hermanos, mis abuelos, los meses en la playa haciendo castillos de arena, los lápices de colores, el amor blanco e infantil por mi profesora…
Cada latido de mi corazón destierra la sangre caliente al exterior.
Después olvido las matemáticas, la universidad, la historia, los teoremas, los idiomas, montar en bici y todos los libros que he leído. Se desvanecen los consejos que no pedí y todas las decisiones que tomé.
Un dulce temblor viaja de los pies a la cabeza. La debilidad conquista poco a poco mi cuerpo.
Desaparecen las promesas incumplidas, las mujeres, las novias, los amigos, los horarios, los logros y los fracasos. Las personas que pasaron por mi vida ya no existen en mi cabeza.
(Percibo los colores como si tuviesen sabor)
La luz del atardecer ilumina la habitación, que ya no es grande ni pequeña, es hermosa.
Sólo me queda limpiar la sangre del suelo y las paredes, lavar las cortinas y disfrutar de mi libertad.
(Ellos)
Se retuercen como los caminos de una montaña para seguirme con sus miradas, los comentarios despectivos son la nueva sangre que fluye por mis venas.
Percibo su miedo y me gusta.
jueves, 30 de septiembre de 2010
La lista
Susana Armengol
El listín de direcciones manchado de sangre comparte mesa con una botella de cava, una copa de cristal, tres velas que iluminan el rostro de Daniela y el revólver. Un brindis por cada venganza consumada. Ha sido una semana dura, sin apenas dormir ni comer. La lista era larga. Muchas visitas, muchas balas. Su padre fue el primero, por cercanía nada más, con lo fácil que hubiera sido darle una infancia feliz. Salud. Alejandra la manipuló durante tantos años. Salud. Cuanto egoísmo. Y, al final, la encontró en la cama con su novio de la universidad. Salud. Es como si a la gente le resultara más fácil hacer el mal que el bien. ¿Cúal era el mote que pusieron a su jefa en la fábrica de envasado? Esa puta. Salud. Repasando la lista se ha bebido casi toda la botella, tanto daño la han hecho, tantos lo han pagado. Y el pobre Isidro, no era un mal tipo pero en cuanto le contó hace dos semanas lo del embarazo, desapareció. Salud. Una última bala para el Creador, culpable de abandono existencial. Anticipa el brindis y deposita la copa sobre la mesa. Se introduce el cañón en la boca, cierra los ojos, coge aire y aprieta el gatillo.
martes, 21 de septiembre de 2010
Un ejemplar de "El extranjero"
Alberto Garrido
No sé cómo llegué allí. Casi un milagro. Salimos a flote. En 2 metros de eslora, 50 personas. Pagando billete de business. Aunque en otros puertos no creo que aceptaran vacas, gallinas y cerdos y una finca destartalada y yerma como formas de pago.
Todo lo que llevaba mi equipaje cogía en un bolsillo. Interno. Escondido. Cosido a propósito para el viaje.
Después de cuatro días de travesía desértica arribamos al puerto. Una lancha motora remendada y sin tripulación espera fondeando atada a un cabo. Grupitos salpicaban la arena. Se escuchaban gritos y sollozos retirados. Ocultábamos la emoción perdiendo los ojos en la calima intentando vislumbrar la fortuna. En realidad, las Islas Afortunadas. “¿Para quién, coño?”. El futuro capitán de la barca discutía con una vieja llorosa que traía un paquete en las manos. No nos permitían fardos. No os harán falta al otro lado, decían. Incluso nos molestarán si tuviésemos que correr delante de los guardias costeros. “Ligeros de equipaje”, como dijera Machado. Quería ir a la universidad. Estudiar letras. Desde mi leve analfabetismo había escrutado algunos libros de poesía sacados de la derruida biblioteca de la aldea, desnutrida apenas por los despojos de caridad del primer mundo que enviaba libros a modo de limosna. Así me aficioné. También la desidia, lo poco que hacer. El aburrimiento. Matar el hambre con ellas, leyendo. Engañarla girando la hoja y entrar en otra página. Otro mundo. Lo que siempre me proponía. Quería encontrar repuestas. Sólo choqué con cerradas preguntas con signos de doble interrogación. Un buen día descubrí tanteando y por simple casualidad un título, “El extranjero”. Del Premio Nóbel argelino-francés del 57 creo recordar Albert Camus. “No, no, que no. No se acepta sacar paquetes de aquí”. Aquel grito me punzó. “Fuera, fuera. Vamos, arriba”. El conductor de la barcucha dejó en paz a la vieja con su paquete en la mano. Los grupos se unieron en fila de a uno, cada uno en la mano la documentación necesaria, pagada a sangre. Me acerqué a la vieja. Era mi abuela. El miedo me hizo hacerme el despistado y no querer reconocerla. “Abuela, deme eso y no se entristezca”. No supe que decirle más. Escondí el hatillo pequeño sujetándolo con el cinturón bajo mi amplia camiseta prestada. Terminé la fila. Era el último. “Juntaros. Vamos, vamos. Allez; allez. Come on!. Come on!”. El capitán era políglota, el hijodeputa. Temía por si me quedaba sin sitio. La zodiac zozobraba. Las prisas hacían aguas. El pasaje se impacientaba. Algo me rozó el pie y un escalofrío me dejo fuera de la lancha con un grito. “¡Ah; ahhhaaa!” grité. Era el agua del mar. Estaba más fría que la del pantanoso lago donde chapoteaba de niño. Un brazo me agarró, tiró y subió al barco completo. El último. Siempre el último.
La travesía fue rápida. Todo lo que permitió la embarcación. Llevaba medio cuerpo fuera, colgando por la borda. Iba lívido. El mar me pareció una bestia que echaba espumarajos, que no se dejaba cabalgar, daba con su lomo en la frágil lona de la lancha y eran coces de soberbia y de reto, baches de mula con exceso de carga encima. Me agarraba a las mangas de mis compañeros de migración, igual de asustados que yo. Frenamos en seco con el ancla del motor. Olía a quemado, a hoguera aldeana. Nos miramos todos. Todos miramos al capitán. Él nos observó con asco y maldijo en su lengua. A la deriva. Con una lengua intraducible.
Arrancó de golpe. El vaivén cesó. La lancha se embaló hacia un risco punzante que sobresalía. La costa se adivinó bajo la calima. Un topetazo nos desembarcó desordenadamente. Algunos caímos al agua. El impacto frío me despabiló de súbito. Tierra. Tierra con agua. “Afortunado. Vivo. A salvo”, pensé mientras tosía sal. “Allez!. Allez!. Out. Out. Fuera, joder. Coño. Run. Run. Come on!. Come on!”. El capitán era políglota además de un hijodeputa que lanzaba por la borda a los negros más paralizados.
Arrancó de golpe. El vaivén cesó. La lancha se embaló hacia un risco punzante que sobresalía. La costa se adivinó bajo la calima. Un topetazo nos desembarcó desordenadamente. Algunos caímos al agua. El impacto frío me despabiló de súbito. Tierra. Tierra con agua. “Afortunado. Vivo. A salvo”, pensé mientras tosía sal. “Allez!. Allez!. Out. Out. Fuera, joder. Coño. Run. Run. Come on!. Come on!”. El capitán era políglota además de un hijodeputa que lanzaba por la borda a los negros más paralizados.
Corrí como nunca. Nunca había corrido así. El calor sofocante de mi aldea no lo permitía nunca. Me animaron las sirenas de la guardia costera aullando como perros locos. Chapoteaba como de crío, pero mucho más rápido. Salí desperdigado. No seguí a nadie. El caso es que no veía. A nadie ni a nada.
Un bulto rocoso y con matorrales me escondió silencioso. “Alto. Quieto ahí. Paraos”... “PUM”. Gritos y alaridos. Un arma se disparó. “¿A dónde?. ¿Hacia quién?”. Yo sólo adivinaba mi casa oculta por el polvo suspendido...
El silencio se hizo brisa. Acurrucado noté en mi estomago un pinzamiento. Saqué el pequeño hatillo envuelto con papel. Mojado éste dejó al descubierto un ejemplar sufrido de “El extranjero”. Me acordé de mi madre. De la madre de mi madre. El miedo empezó a hablar entre mis dientes. “¡Mama!. ¡Mama!. Ahhh...!”. “Ya se irán. Yo no me muevo de aquí”. Respondió a los pensamientos el silencio. El miedo lo reafirmó todo.
El silencio se hizo brisa. Acurrucado noté en mi estomago un pinzamiento. Saqué el pequeño hatillo envuelto con papel. Mojado éste dejó al descubierto un ejemplar sufrido de “El extranjero”. Me acordé de mi madre. De la madre de mi madre. El miedo empezó a hablar entre mis dientes. “¡Mama!. ¡Mama!. Ahhh...!”. “Ya se irán. Yo no me muevo de aquí”. Respondió a los pensamientos el silencio. El miedo lo reafirmó todo.
“¡Quieto ahí, no se mueva!. Levante las manos. Las manos en alto”. Entendí el idioma universal de una pistola apuntándome y alcé las manos, los brazos, el cuerpo, la voz. “No. No, please. Si vous- plaiz. No. No, no, por favor...!”. “El extranjero” en mis manos. No lo solté.
Pensé vagamente que, mientras me conducían con guantes de látex blanco hacia una carpa blanca con una cruz roja, me esperaría la repatriación, la vergüenza, la vuelta a la aldea. Allí, como en el extranjero de Camus, tendría yo que esperar mi condena, resignado, la muerte tantas veces anunciada, crónica, como “Crónica de una muerte anunciada” de Márquez. Otro ejemplar deshilachado que leo bajo un árbol ya de regreso a la aldea. “Adiós. No era tu reino el mío, porque yo no conozco patria. Quise vivir entre los tuyos; pero los tuyos me ignoraban”. Escribí éstos versos en una cuartilla raída. Sentado en la aldea veía pasar la muerte, la resignación; la ignorancia marcada en las costillas. La crónica de una muerte anunciada: a “el extranjero” condenado. Esperando.
martes, 14 de septiembre de 2010
El enemigo
Judas Murillo
Abrió los ojos en la penumbra de la habitación. Eran las 5:13, llevaba varias noches despertándose a la misma hora, ya no podía soportarlo más. Iba a ser otro día complicado, uno de esos, en los que parece casi imposible resistir hasta la tarde sin mandarlo todo a la mierda. Quedaba bastante más de una hora para que el reloj sonase, con ese ruido metálico que marcaría el final del descanso. Cuando su mujer y su hija despertarían.
Permanecer allí tumbado era absurdo, una pérdida de tiempo. El enemigo había aprovechado la oscuridad para reorganizarse, para ganarle terreno, había tomado el control y amenazaba con destruir la fortaleza. Antes la consideraba inexpugnable, pero sabía que ahora presentaba fisuras. Demostrando que la seguridad en la que creía vivir era falsa y extremadamente débil. Podía oír cómo se resquebrajaba la estructura sobre la que descansaba toda su vida. Estaban en peligro.
En su cabeza, a punto de estallar, la voz del adversario repetía una y otra vez su monótono y persistente mensaje. La losa que le oprimía el pecho pesaba cada vez más, le costaba respirar y reprimir el llanto. ¡Qué listo era el enemigo! Si lograba hacer que llorase, no solo vencería esta batalla, también ganaba la guerra. Su mujer despertaría alarmada por los gemidos, y él, indefenso, y sin fuerzas, sería dominado por su contrario y obligado a hacer lo que no deseaba. Los cimientos se derrumbarían, y con ellos, todo por lo que había trabajado y luchado estos años. Todo reducido a escombros.
Por eso, lo principal era salir de allí cuanto antes. Los destellos verdes de la luz del despertador le permitían apreciar las facciones de su mujer, la suavidad de su cuello perdiéndose bajo la sábana, durmiendo tranquila a su lado, ajena a todo. Distinguía con claridad los objetos de la habitación, la lámpara, que no debía encender, la puerta cerrada y su ropa sobre la silla. Se levantó, sigiloso, agarró su traje y salió de la habitación. Ya en el baño, desnudo, sentado sobre la taza, y tapándose la boca con las manos, se echó a llorar.
Su táctica iba a ser simple, la única que conocía. Dejar que el tiempo pasara, aguantar, lo mejor que pudiese el ataque del ejército rival. Saldría de la casa, y se iría a trabajar antes de que se despertaran. Cuanto menos contacto tuvieran más fácil sería superar la jornada sin causar daños irreparables. Siempre era más fácil dominar al enemigo fuera de allí, lejos de víctimas inocentes.
Se vistió y fue a la cocina a escribir una nota, que explicara su ausencia, su espantada. Al pasar frente a la habitación de su hija se detuvo, acercó la mano hasta el pomo. El ruido de su corazón latiendo descontrolado desgarraba el silencio de la noche. Las lágrimas volvieron de nuevo a sus ojos. Bajó la cabeza, apartó la mano y se marchó.
En el trabajo, continuaba sintiendo como la maquinaria de guerra enemiga se preparaba para la maniobra final. Aunque allí el rumor perdía fuerza, incluso, de vez en cuando, llegaba a desaparecer. Pero el tiempo iba pasando y no conseguía que el adversario replegara sus tropas. A medida que se acercaba la hora de volver a casa, se le iba formando un nudo en el estómago, la espalda le molestaba cada vez más. Un dolor que empezaba en los riñones y continuaba por la columna, se extendía por los hombros y subía hasta el cuello. Uniéndose con el dolor de cabeza. Se sentía febril, los ojos húmedos le escocían, y se le empañaba la visión. Supo, sin encontrar la forma de evitarlo, que la batalla final se libraría en casa, donde los daños eran siempre mayores.
Metió la llave en la cerradura y vio que estaba echada. Buena señal, no había nadie dentro, tenía la última oportunidad de vencer sin causar víctimas. Se cambió de ropa y entró en la cocina. Ahí se sentía a salvo. Era otra forma de apaciguar a las hordas que le amenazaban. Entre sartenes, cucharas de palo y fogones.
Colocó la tabla de cortar sobre la encimera, y sacó el cuchillo grande. Primero la cebolla, había que cortarla muy fina, como les gusta a ellas. Además así podría llorar y moquear a gusto, sin disimular. Después un poco de pimiento, primero el rojo, que se vaya haciendo a fuego lento con la cebolla, luego el verde. Iba sintiendo cómo el peligro se desvanecía.
Ilusiones. Era la calma antes del ataque definitivo. Se oyó el ruido de un portazo. Después la voz de su mujer y de su hija en la entrada. Un escalofrío recorrió su espalda, sus tripas se quejaron y a su cabeza volvió el monótono y repetitivo mensaje.
La puerta de la cocina se abrió y él miró, en ese instante el filo del cuchillo desgarró la piel y la atravesó la carne. El grito de su mujer y el llanto de su hija se mezclaron en su cabeza con la voz, ya más débil del enemigo, que perdía fuerzas diluyéndose con la sangre. Él no decía nada, no podía moverse.
Su mujer le cogió del brazo. Le puso el dedo cortado bajo el chorro de agua, que teñida de rojo se perdía por el desagüe, y con ella las tropas contrarias se retiraban. Vencidas.
Él tenía lo que deseaba. Su seguridad, su estabilidad, por frágil y malherida que estuviera, era mejor que la quimera que anhelaba el enemigo.
Había ganado una dura batalla, como siempre con algunos daños. La sangre no llegará al río, no esta vez. Había mantenido a salvo lo que importaba. Pero… ¿Cuánto tiempo podría soportarlo?
miércoles, 24 de marzo de 2010
Gang-Band
Alberto Garrido
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4:53 a.m.
Llegue a aquel lugar oscuro no sé cómo. Empujado por una inercia que me venía de detrás. Pero, fue en mitad de una enorme borrachera de noche. Recuerdo entre flashes de luces estridentes las manos que me arrastraban manoseándome y las sombras desdibujadas que me circundaban en un baile de otro mundo. Lo que no olvidaré nunca fue el juego de estrellas que formó una perlada cortina de tiras en la entrada a una habitación sin fondo ni horizonte cercano ni conocido. Y la estúpida sonrisa que llevaba puesta, ahogada por un llanto interior no visto ni hecho agua. Era todo sólo una comedia, trágica para mí. Divertida para mi extraño público.
Enseguida unas sogas de dedos me ataron las muñecas como unos grilletes pesados que me conducían a la tortura de millones de agujas punzantes. Yo caí de rodillas tal que un penitente en procesión. Pero esto únicamente aumento la algarabía y la devoción de las risas. Inevitablemente me arrastraron por el suelo. Aquel no era el sitio para quedarme. De repente perdí el norte. Todo se me hizo niebla. La monstruosa visión cesó. Caí inconsciente; envuelto en un sueño del que me despertaron consecutivas bofetadas que decían mi nombre; “¡Enrique!. ¡Enrique!. Vamos, joder, que no es nada”. Un hombre enmascarado de negro me dio la primera muestra de afecto. Una caricia circular, helada, con olor a alcohol. Flotaba encima de una camilla de dentista. Me sentía un tronco. Sin la copa y sin sus ramas ni raíces. Talado. Inerte. Sé que la sonrisa de bufo no desaparecía. Pero yo seguía llorando por dentro. Continuaba la crecida del río subterráneo. Sentí también un tacto de látex. Insípido. Ahora los grilletes se habían multiplicado incomprensiblemente en el silencio. Me sujetaban a la realidad por los hombros, antebrazos, rodillas y tobillos. Unas torres negras con atalayas de ventanas abiertas en formas de arcos ojivales me pertrechaban impidiéndome la huída de la cárcel de cuero y olores acrílicos que ocupaba. La misma máscara negra se me presentó con una boca blanca y cuadrada igual que sus manos, que señalaban distintas partes de mi cuerpo mientras buscaba su guía en los cuatro puntos cardinales que orientaban las cuatro torres alzadas. Volví a ausentarme unos instantes. Lo perdí todo de golpe. Cuando regrese el escenario no había sido cambiado en nada. Bueno, algo sí. Mis pensamientos se hilaban igual de mal que las líneas que ahora describo. Alguien desde algún sitio lejano y oculto intentaba saber de mí; quién era, qué hacía allí y si me encontraba bien. El caso es que no me encontraba por ningún lado. Aquel no podía ser yo. Era otro al que yo veía. Un ser perdido, apresado, abrumado, encadenado. Me reconocí más tarde en el primer punzante dolor que atravesó mi brazo izquierdo. Entonces sí la sonrisa tonta desapareció de golpe cayéndose con el mismo peso de una piedra que desborda definitivamente un vaso. Se giró mi cabeza resortada para volver a ver a esa desconocida silueta negra de boca blanca y cuadrada que me preguntaba por el dolor. Obtuvo una callada por respuesta. Siempre había sido así. Sin embargo, ese no era yo; pero estaba dentro de mí. Ahora el personaje poseía dedos de hierro. Me acariciaban metálicos con bufido y resoplo de máquina. “¡Ves Enrique!. ¡Si no es nada, coño!”. Se acalló el cinturón de cadenas y carcajadas. Quede suelto aunque sujeto por imperceptibles lazos. Cesó a la par la música de púas en mis oídos. Comencé a escuchar sólo un redoblar de pulso sanguíneo y un aire comprimido escapando en la oscuridad. Sí noté un hiriente pinchazo de aguja dibujando notas y trazos en mi piel y mis poros colmándose de una rabiosa e hirviente tinta rebosante de matices. Se desbordaba el caudal pero era inmediatamente arrastrada, traída y llevada, por una marea algodonosa y blanca. A pesar de tener los ojos cerrados podía ver todo esto. Era un silencioso espectáculo sinestésico. Una parte de mi geografía recogía la inundación de un calor abrasivo, devastador. Las torres se convirtieron en suaves tapias inclinadas empeñadas en vigilarme. Yo cada vez era más consciente de las caricias de un hombre cada vez más claro, cada vez más translúcido. La mueca se había congelado, dejando paso a una más fría todavía soledad. La luz se fue imponiendo. Poco a poco. Todo fue terminando. Finalmente concluyo.
Así que abandoné la tienda, sobrio, sereno, tranquilo; comprendiendo todo un poco mejor. Y al salir a la calle, cuando recibí la primera brisa refrescante de la mañana sobre mi piel tapada, supe que estaba marcado para siempre y que también portaba innumerables e invisibles tatuajes dibujados a fuego por la puta vida.
6:25 a.m.
fin de “El Tatuaje”.
Llegue a aquel lugar oscuro no sé cómo. Empujado por una inercia que me venía de detrás. Pero, fue en mitad de una enorme borrachera de noche. Recuerdo entre flashes de luces estridentes las manos que me arrastraban manoseándome y las sombras desdibujadas que me circundaban en un baile de otro mundo. Lo que no olvidaré nunca fue el juego de estrellas que formó una perlada cortina de tiras en la entrada a una habitación sin fondo ni horizonte cercano ni conocido. Y la estúpida sonrisa que llevaba puesta, ahogada por un llanto interior no visto ni hecho agua. Era todo sólo una comedia, trágica para mí. Divertida para mi extraño público.
Enseguida unas sogas de dedos me ataron las muñecas como unos grilletes pesados que me conducían a la tortura de millones de agujas punzantes. Yo caí de rodillas tal que un penitente en procesión. Pero esto únicamente aumento la algarabía y la devoción de las risas. Inevitablemente me arrastraron por el suelo. Aquel no era el sitio para quedarme. De repente perdí el norte. Todo se me hizo niebla. La monstruosa visión cesó. Caí inconsciente; envuelto en un sueño del que me despertaron consecutivas bofetadas que decían mi nombre; “¡Enrique!. ¡Enrique!. Vamos, joder, que no es nada”. Un hombre enmascarado de negro me dio la primera muestra de afecto. Una caricia circular, helada, con olor a alcohol. Flotaba encima de una camilla de dentista. Me sentía un tronco. Sin la copa y sin sus ramas ni raíces. Talado. Inerte. Sé que la sonrisa de bufo no desaparecía. Pero yo seguía llorando por dentro. Continuaba la crecida del río subterráneo. Sentí también un tacto de látex. Insípido. Ahora los grilletes se habían multiplicado incomprensiblemente en el silencio. Me sujetaban a la realidad por los hombros, antebrazos, rodillas y tobillos. Unas torres negras con atalayas de ventanas abiertas en formas de arcos ojivales me pertrechaban impidiéndome la huída de la cárcel de cuero y olores acrílicos que ocupaba. La misma máscara negra se me presentó con una boca blanca y cuadrada igual que sus manos, que señalaban distintas partes de mi cuerpo mientras buscaba su guía en los cuatro puntos cardinales que orientaban las cuatro torres alzadas. Volví a ausentarme unos instantes. Lo perdí todo de golpe. Cuando regrese el escenario no había sido cambiado en nada. Bueno, algo sí. Mis pensamientos se hilaban igual de mal que las líneas que ahora describo. Alguien desde algún sitio lejano y oculto intentaba saber de mí; quién era, qué hacía allí y si me encontraba bien. El caso es que no me encontraba por ningún lado. Aquel no podía ser yo. Era otro al que yo veía. Un ser perdido, apresado, abrumado, encadenado. Me reconocí más tarde en el primer punzante dolor que atravesó mi brazo izquierdo. Entonces sí la sonrisa tonta desapareció de golpe cayéndose con el mismo peso de una piedra que desborda definitivamente un vaso. Se giró mi cabeza resortada para volver a ver a esa desconocida silueta negra de boca blanca y cuadrada que me preguntaba por el dolor. Obtuvo una callada por respuesta. Siempre había sido así. Sin embargo, ese no era yo; pero estaba dentro de mí. Ahora el personaje poseía dedos de hierro. Me acariciaban metálicos con bufido y resoplo de máquina. “¡Ves Enrique!. ¡Si no es nada, coño!”. Se acalló el cinturón de cadenas y carcajadas. Quede suelto aunque sujeto por imperceptibles lazos. Cesó a la par la música de púas en mis oídos. Comencé a escuchar sólo un redoblar de pulso sanguíneo y un aire comprimido escapando en la oscuridad. Sí noté un hiriente pinchazo de aguja dibujando notas y trazos en mi piel y mis poros colmándose de una rabiosa e hirviente tinta rebosante de matices. Se desbordaba el caudal pero era inmediatamente arrastrada, traída y llevada, por una marea algodonosa y blanca. A pesar de tener los ojos cerrados podía ver todo esto. Era un silencioso espectáculo sinestésico. Una parte de mi geografía recogía la inundación de un calor abrasivo, devastador. Las torres se convirtieron en suaves tapias inclinadas empeñadas en vigilarme. Yo cada vez era más consciente de las caricias de un hombre cada vez más claro, cada vez más translúcido. La mueca se había congelado, dejando paso a una más fría todavía soledad. La luz se fue imponiendo. Poco a poco. Todo fue terminando. Finalmente concluyo.
Así que abandoné la tienda, sobrio, sereno, tranquilo; comprendiendo todo un poco mejor. Y al salir a la calle, cuando recibí la primera brisa refrescante de la mañana sobre mi piel tapada, supe que estaba marcado para siempre y que también portaba innumerables e invisibles tatuajes dibujados a fuego por la puta vida.
6:25 a.m.
fin de “El Tatuaje”.
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