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jueves, 26 de noviembre de 2009

¿Quién teme al lobo feroz?

Sergio Álvarez Guillén

Aquí no vendrá. Hoy no. No puede ser que venga. Pero, ¿y si acaso…? ¿Qué haré? Mis hermanos duermen. Yo no puedo siquiera tumbarme. Frente a la chimenea miro el fuego e intento calmar mi ansiedad. Me han pedido protección y yo les guardo. El miedo al lobo, ¿les permitirá dormir? Pero no, no le temen. Le han hecho frente y al final los ha dejado sin casa. Deben pensar que aquí están seguros, puesto que han venido. Hay buenos cimientos, los muros resistirían un tornado, las ventanas aíslan perfectamente. Mi casa es legal, compré la tierra, pagué impuestos, contraté un arquitecto, pedí un préstamo y pago mis plazos puntualmente, por eso aquí no vendrá, no puede ser que venga. Así que creo que dormirán, saben que yo no hice como ellos, saben que yo cumplí con el lobo y levanté esta casa con todas las de su ley. A ellos ha podido arrebatarles sus hogares pero a mí no podrá, al menos de momento por que… pero no, todavía no vendrá.

Les aconsejé que no cumplieran su propósito, que quizá no resistirían, pero ellos qué otra cosa podían hacer, nunca han tenido dinero suficiente y además nunca han querido someterse a las reglas de este juego despiadado del lobo. El más joven rehabilitó y ocupó aquella vieja casa abandonada y el mediano construyó con sus propias manos aquella humilde casita en un rincón olvidado. Ahora el lobo las ha tirado, les ha dejado sin techo y han acudido a mí, a guardarse entre estos gruesos ladrillos entre los que se creen a salvo.

Pero yo sé qué es posible que aquí también venga, no hoy, quizá mañana, un mes sin más tardar. Mis hermanos no saben que mi situación ha cambiado, que ya no puedo mantener el pacto, que ahora soy un cerdito más, como ellos. Perdí hace meses mi trabajo, mis ahorros ya no dan para otro plazo de hipoteca. Por eso ellos deben dormir tranquilos, porque no conocen, porque hemos cenado y durante la conversación les he dicho, no os preocupéis, no puede ser que aquí venga. Les he mentido. Ahora miro cómo se consumen los leños en la hoguera, y casi me parece escuchar sus ronquidos de cerdito. Imagino sus párpados cerrados tras los que se desarrolla un sueño de libertad que pronto ha de transformarse en pesadilla. Imagino como sus rabitos enrollados se estiran de placer ante la ilusión de un nuevo proyecto para vivir con dignidad.

Ya sólo quedan brasas y siento el frío del alba. Yo jugué el juego del lobo, yo tengo una casa fuerte. Yo acepté las reglas del lobo y así hice débiles a mis hermanos. Levanté esta casa tratando con el lobo y me convertí en lobo para mis hermanos. Por que mi casa fortalece el juego del lobo, da mayor consistencia a su tablero, hace más indiscutible el reglamento y anula la opción legítima de mis hermanos. La opción de vivir sin un águila, sin un lobo, que venga todos los meses a cobrarse en carne, de sus tripas, de su lomo, de sus cuartos traseros, el tributo por una mínima y ruinosa celda en una ciudad de esclavos ebrios de falsa libertad, de esclavos hipnotizados por la pantomima excelente de este lobo tan civilizado. Porque ahora que no puedo mantenerme dentro de las normas del juego soy de nuevo presa para el lobo y vendrá a alimentarse aquí, a esta casa que nunca ha sido mía, donde quiero proteger a mis hermanos.

Pero no hoy, no puede ser que hoy venga, a no ser que… Esos ruidos de fuera, ¿qué son esos ruidos? Y ¿quién golpea la puerta de esa manera? Mejor ni siquiera abrir. Ahora pasos en el tejado ¿quién anda por ahí arriba? Entonces entran mis hermanos que se habrán despertado por los ruidos, se acercan tranquilos, se sientan junto a mí, y al mirarlos descubro que no han dormido, más bien parece que han pasado la noche despiertos, maquinando, los encuentro recios, decididos. Me dicen: Cálmate. Somos tres cerditos, ya pero, ¿quién teme al lobo feroz?

Cae hollín por la chimenea, el lobo se cuela por cualquier apertura como una rata. Entre la ceniza las ascuas relampaguean débilmente pero en nuestros ojos fulgura la seguridad de no habernos equivocado.

viernes, 30 de octubre de 2009

Descubrimiento

Sergio Álvarez Guillén


Hay luz en mi rostro y no comprendes. Lo sé. Lo veo en la inocencia de tu mirada. Estás segura de que he gozado con tu boca, con tu pecho. Ignoras que no lo deseaba, que al dejarte hacer lo único que he conseguido es aislarme en el placer más desolador.

Y sin embargo, ahí están tus labios y mejillas, tus pezones y vientre impregnados de un odio tibio y espeso que no sospechas. Aún pretendes dilatar mi satisfacción tumbándote sobre mí, acariciando con todo tu cuerpo mi piel, mi pene que se resiste a abandonar la voluptuosidad alcanzada; pero me zafo, me escabullo hasta el baño. Escuchas el agua. Piensas que algo ha cambiado en mí y justificas esta extraña novedad de lavarme inmediatamente; supones que ahora necesito sólo de tus cosas, tan saturado estás de ti mismo, pequeño…

Y sí, he cambiado, pero es en todo; y ya no puedes comprender a pesar de la luz en mi expresión turbada e incómoda.

Apago la lámpara. Burdamente escurro sobre tu cuerpo el agua caliente de la toalla; retiro de tus labios mi odio blanquecino y ya frío con la lengua tensa y lo desplazo todo hacia abajo, arrastrándolo por tu cuello, deteniéndome, ya sin asombro, en los rincones más fascinantes de tu pecho, en la misteriosa curva de tu vientre, que ya no me inquieta. Llego hasta la delicia de tu coño hinchado y pierdo despacio la lengua en el laberinto de sus pliegues y gimes, gimes aún más, más intensamente y gritas, en el orgasmo de tu descubrimiento gritas: ¡Oh! ¡Cabrón!... ¡Malo, hijo de puta!

Y es ahora, empapados mis labios del magmático odio que yo mismo he bombeado hasta tu sima, es ahora al entrever tu expresión en la penumbra, cuando quisiera ya no comprenderte. Y fingir, como tú. Y sentir placer únicamente.

viernes, 23 de octubre de 2009

Convicción de la mesa

Sergio Álvarez Guillén

Sobre la mesa de madera. El Señor deja las manos muertas sobre mí. Al verlos llegar, con la carga sobre los hombros, abandona sus manos sobre mí.

Mira a esas personas con incertidumbre porque antes mejoró sus hogares que ellos no han sabido mantener. Los mira con inquietud porque antes advirtió lo peligroso de su esperanza y a ellos no les importó. Mira con recelo a quiénes antes quiso apartar de la fatalidad a la que su obcecación les conduciría y, sin embargo, ahora se presentaba ante él, sin avisar.

El Señor parpadea de miedo porque estos hombres, estas mujeres, estos niños entran en su despacho como si entraran en su propia casa. Han abandonado sus hogares; perseverando en su propósito han superado adversidades, sin ayuda. Son supervivientes y ahora están ante él, en su despacho: callados, seguros, alegres.

Por eso, el Señor, no se sorprende cuando sus propias manos se resquebrajan, se astillan como yo, ahora que me revientan esos que han llegado. Porque con el amor que cargan sobre los hombros hacen añicos sus manos y revientan la mesa de buena madera. De buenos árboles junto a los que ellos crecieron.





viernes, 16 de octubre de 2009

La cata

Sergio Álvarez Guillén

Daniela se apostó tras el montón de cajas vacías en el lateral del puestecillo de frutas. Su hermano José, disimulado entre el gentío del mercado, observaba el quiosco, la caja de tomates y a su hermana, quizá demasiado cerca de ella. Examinaba a los tenderos y calculaba el tiempo que tendrían para cargar los tomates y darse a la fuga. El plan no podía fallar. Pero era indispensable esperar el momento adecuado, elegir el momento de mayor ajetreo de los vendedores.


Sumida en la contemplación de los tomates, percibía vivamente Daniela, a partir de los colores, imágenes cotidianas de su casa; no podía contener los nervios mientras recordaba los colorados mofletes de la abuela y, se sonreía al imaginar la boca abierta de escasos dientes gastados ante la sorpresa de los tomates. A veces, el pequeño primo Arón, amarrado en el descolgado pecho de la anciana, intentaba, más que besarle la cara, morderle las mejillas siempre encarnadas. No es que creas que son tomates, solía decir la abuela, es que tienes hambre. El chiquitín, una vez en el suelo, distraía el hambre garabateando en el suelo periódicos atrasados con un lápiz color verde.


Pensando en esto Daniela avanzó inconscientemente hacia la caja hasta que, ya casi visible a los tenderos, se detuvo sobresaltada al escuchar el fuerte silbido de José que la miraba desde lejos con gesto de incomprensión. ¿Qué cojones está haciendo esta chica?, se preguntó. Seguro que su agujero en el estómago es tan grande como el mío, pero tenemos un plan y hay que controlarse.


El plan lo habían ideado después de pasar por el puesto de los fruteros y ver tan retirada la caja de tomates. Estaban allí, amontonados, casi al alcance de la mano, rojos como las amapolas que crecían detrás de su casucha a las afueras del pueblo. Incluso parecía que tenían puntitos negros como los estambres de las amapolas. Estaban allí, hermosos y olvidados, tal como ellos mismos lo estaban en aquellas huertas de tierra estéril; en una desvencijada caja como la propia chavola en que ellos vivían. Al pasar junto a ella les había parecido que la piel de los tomates brillaba como brillaban los ojos de Lucas, el perrillo que habían encontrado perdido entre los castaños cerca del cobertizo, donde su tío amontonaba la chatarra y muchos trastos viejos sin aparente provecho.


Pasaron de largo y al llegar al puesto de los encurtidos, aspirando fuertemente el olor a vinagre, idearon el plan.


Daniela guardaba en el bolsillo de la vieja falda su bolsa de plástico. José apresaba la suya en el pequeño puño que ya podía apretar con relativa fuerza, se había mejorado del accidente en la fábrica de chapas al intentar entrar por la ventana. Habían decido trasladar los tomates a las bolsas, dividiendo así el peso y evitando que se cayeran de la destartalada caja, dada una posible situación de fuga.


José, sin quitar ojo a su hermana y al objetivo de su plan, hacía como que se interesaba por las mercancías de los puestos cercanos. Mientras, Daniela se esforzaba en concentrarse en el olor de los tomates; no conseguía distinguir el olor dulzón y fresco que debía desprenderse de la caja. Se perdía en los diversos olores del resto de mercancía.


El hambre la punzó el estómago. ¿Podría contenerse? El botín estaba demasiado cerca. Buscó a José y le encontró avanzando resuelto hacia la caja, y en su sonrisa confiada advirtió que era el momento.


Daniela sacó la bolsa de su falda. En un momento, los hermanos estaban sobre la caja, arramplando con los tomates. En menos de tres segundos habían llenado las bolsas y se alejaban escabulléndose entre el hormiguero del mercado.


¡Oiga! ¡Les roban!, gritó una señora. El tendero la miró hosco, con extrañeza y no se inmutó.


Daniela y José corrían con el botín colgando de sus delgados brazos, golpeándoles las rodillas. Cuando se hubieron alejado suficientemente, en un callejón que bajaba al descampado cercano a su casa, se sintieron a salvo y se sentaron en un bordillo.


Sacaron de las bolsas algunos tomates. Una leve náusea les agarró el estómago. El tomate en sus manos había dejado hundir los dedos en su carne. Los puntos negros, como estambres en las amapolas, eran mucho más numerosos y grandes de lo que le había parecido a Daniela. Este está pasado, musitó José mientras rebuscaba algo mejor en el interior de la bolsa. Olía al cuartito de su abuela, agrio, a rata muerta. Extrajo otro que palpó más entero y le hincó el diente. Sabía a los pasados días en que su padre aún vivía, a leche cortada, a galletas rancias, a patatas de tierra. No todos están malos, dijo a su hermana sin mirarla. Pero Daniela, enfrascada en el rodar de sus tomates calle abajo, tampoco escuchaba a Lucas que ladraba desde lejos, seguramente de alegría.



miércoles, 20 de mayo de 2009

El rostro en el espejo

Sergio

El sonido de un secador de pelo no me dejaba dormir. Aún era pronto pero ya deseaba ponerme a soñar. Hacía mucho calor, aunque la ventana de mi cuarto estaba abierta. Mi cuerpo se pegaba asquerosamente a las sábanas, estaba bañado en sudor y derrepente cesó el ruido del secador. Sólo se oían algunos pasos en la calle, una voz procedente de alguna televisión con el volumen demasiado alto y un coche arrancando.

Pasados unos minutos el sueño comenzó a invadirme. Poco a poco mi cuerpo sudoroso comenzó a quedarse muerto, relajado. Realmente estaba cómodo. Yacía bocarriba con los brazos extendidos perpendiculares al tronco y las piernas separadas.

Mi mente quería precipitarse al mundo de los sueños cuando, de pronto, noté como brotaba justo en el empeine de mi pie izquierdo un débil picor. "¡Maldita sea!", pensé. Segundo a segundo fui despertando de mi corta tranquilidad. Al principio, intentaba no pensar en ello, intenté olvidarlo. Creí que al no prestarle atención se me pasaría; sin embargo, no sucedió así, al contrario: el picor cobró mayor intensidad y ya empezaba a tener la necesidad de arrascarme. Pero estaba demasiado cómodo, así que probé un método contra los picores. Lo había oido en no sé dónde y a no sé quién. Se trataba de pensar en el picor y convencerte de que podías acabar con él sin tener que arrascarte, tan solo pensando en ello. No funcionó.

En cuestión de minutos se fue extendiendo por todo el pie y temiéndome que alcanzara todas las partes de mi cuerpo, decidí arrascarme. ¡Dios, Hombre-Ira!. Justo en el momento en que iba a hacerlo me cercioré de que no podía moverme. No podía moverme y el picor en el pie se me hacía insoportable. Mientras me lamenteba e intentaba moverme, un nuevo picor surgió en el antebrazo derecho. Al principio era muy débil, pero después se hizo igual o mayor que el de el pie.

El tiempo fue pasando y angustiado sudaba como nunca lo había hecho. Comenzó a picarme el cuello, ¡oh Dios! ¡qué horrible sensación de impotencia! ¡me picaba, me picaba mucho y no conseguía arrascarme!. Después fue el pecho y yo intentaba moverme y sólo conseguía sudar. Y también la cara comenzó a picarme y toda la pierna derecha y todo el brazo izquierdo y finalmente todo mi cuerpo se estremecía y yo creía morir pues el picor no cesaba. Y pasaron minutos que formaron horas, y esas horas y el sudor y el angustioso picor suscitaron en mi cabeza un solo deseo, un deseo que anhelaba con toda mi alma, un deseo diabólico sin duda: juré que, en cuanto consiguiera moverme, me arrancaría la piel.

Finalmente debí quedar profundamente dormido. Y soñé. Soñe que la cama estaba empapada por el sudor, y que el sudor era rojo y, que era rojo porque era sangre. Y soñé con un dolor inimaginable. Soñé que la piel se me había caido.

Cuando desperté, cuando abrí los ojos, estaba en pie, en el cuarto de baño, justo en frente del espejo. Mi rostro y todo mi cuerpo desnudo se reflejaba en él. Y en él sólo vi un cuerpo ensangrentado, despellejado. Observé detenidamente mi pálido rostro, mis muertos labios y horrorizado me miré friamente a los ojos y me pregunté:
-¡Dios!¡¿Estoy aún soñando?!.


(Original de 1996)

martes, 24 de marzo de 2009

El marcapáginas

Sergio

Leería el libro mucho tiempo después de haberlo robado en la biblioteca de la Universidad. Aquel día en que lo sustraje lo regalé a Susana. Ella me había hablado de aquel escritor y de las ganas que tenía de leer ese título. Yo quería ligar con ella y el regalo fue parte del galanteo. Haciendo peyas, resguardados de la lluvia otoñal en el porche del patio, imaginad su sorpresa al entregárselo; cómo creció esa alegría al encontrar entre sus hojas una marca allí donde supuestamente yo había interrumpido mi lectura, para prestárselo a ella. El marcapáginas era una hoja de libreta en la que dejé escrita una nota.

Ese curso lo pasamos en grande. Creamos nuestra pequeña biblioteca paralela intercalando libros en los estantes de literatura de la pequeña y abandonada biblioteca del instituto, donde muy pocas personas husmeaban. A veces, entreteniéndonos en construir argumentos combinando varios títulos, el descubrimiento de una ausencia en nuestros volúmenes nos divertía sobremanera. Imaginábamos al eventual ladrón a punto de introducir el libro en su mochila, nervioso mirando a los lados, y con la seguridad de llevarse un libro que ya está robado.
Estas ausencias nos convertían en motivados detectives, concentrados pronto en el juego de las averiguaciones, ¿quién podría ser el furtivo lector? Tras suspicaces procesos de investigación, que nos llevaban al espionaje y acecho de presuntos ladrones, llegamos a conocer, de diversos personajes del instituto, sus lugares preferidos para una lectura tranquila y meditada.
A pesar de toda la dedicación fallamos normalmente las disparatadas hipótesis, descubríamos que habíamos partido siempre de suposiciones erróneas y, finalmente, entre risas, nos reconocíamos pésimos detectives.

De tres desapariciones en ese año, sólo llegamos a descubrir el paradero de un libro, muy especial para nosotros, y a su exquisito y furtivo lector. Además, nuestra peculiar sociedad ganó un nuevo miembro. Se trataba del Joaqui, que iba a la clase de al lado. Nuestra biblioteca paralela experimentó un gran crecimiento gracias a las aportaciones del Joaqui: Chéjov, Calvino, Carver, Bukowski por ejemplo (cuando nosotros andábamos con Poe, Maupasant, Cortázar y Hesse, entre otros).
Después del verano, de vuelta en septiembre, Susana me dijo que ya no estaba enamorada de mí. Desde hace algún tiempo, agregó. Agradecí su sinceridad pero fue una gran putada. De golpe entendí por qué desde el principio ella tuvo tan claro quién podría haber robado el libro fundador, aquel que robé para ella: El juego de los abalorios.

Ese curso escolar apenas nos tratamos. El día de las notas de verano se acercó en el porche del patio. Me dijo que haría tercero en otro insti. Llevaba en la mano la nota que marcaba la página en la que yo había detenido mi lectura (en ese momento dudé seriamente que alguna vez hubiese creído semejante patraña), aquella que me sirvió para acercarme a ella. La colocó entre mis dedos. Leí aquellas palabras con ansiedad. Extrañé mi propia letra, después de dos años. Había añadido el número de la página. Me entregó también el libro. Puse la nota de modo automático entre sus hojas y así el volumen fuertemente con las dos manos. Observé el sello de la biblioteca de la Universidad en el grueso del canto de sus hojas mientras escuchaba su voz.

- Ahora podrás terminarlo. El resto los donamos, ¿no?

Me sentía fatal. No podía mirarla.

- Claro. Ahí quedarán –alcancé a murmurar sin quitar la vista del sello.

Luego nos abrazamos. Después se fue.

En una zona poco concurrida del parque contiguo al instituto me senté en un banco y comencé a leer. Pero no conseguía concentrarme ni en una sola letra. Un sentimiento desconocido crecía en mi interior, se hacía fuerte y me dejaba sin vista, sin tacto, sin respiración. Escudriñé el libro más allá de la portada. Lo dejé caer al suelo de arena. Lo pisoteé furioso, con mucha rabia. Pero en seguida lo recogí y tras observar que no lo había jodido del todo lo guardé cuidadosamente en la mochila. El marcapáginas quedó como un bicho bola entre los granos de arena.

jueves, 12 de febrero de 2009

Dos Textos y Un Diálogo

Laila

Texto nº 1

Ella quiere caminar sin rumbo y estar acompañada de su propia soledad, sus conciencias la trasladan a un mundo de incertidumbre que no maneja, y no teme.
Crece en ella la curiosidad por lo desconocido, y sin miedo a viajar
como una luz absorbente y lúcida, su mirada se transforma, y se desespera por vivir y soñar.

Texto nº 2

Aquel libro que está ahí, en la estantería del cuarto de baño, está ahí para que usted pueda echarle una ojeada.
De esta manera usted se sentirá mejor porque lee libros, tantos que necesita guardarlos en el baño, porque es allí
donde uno encuentra un hueco de calma para encontrarse, como hacen los artistas y los intelectuales.
En mi cuarto de baño hay: un monográfico, y una obra de José Zorrilla, subrayada en todas las frases misóginas que tiene con un lápiz verde...
¿Qué libros hay en su cuarto de baño?

Texto nº 3

(Mesa redonda en un bar)

A- La genética del ser humano proviene de Africa, según estudios "de todo". Sí, no me mires así, esa gente estudia y si lo dicen, yo me lo creo.
B- De las miserias de la vida, no me puedes enseñar más a mí.
C- Sí señor, la vida viene del mar, de los volcanes marinos!!!!
A- A mí no me gusta leer .
B- A mí me da sueño a veces.
C- A mí me gusta la historia.
B- ¿Y cómo sabes de historia si no lees?
A- La tecnología, yo he visto la película de Ghandi 5 veces.
C- Jesucristo dicen que existió, pero solo fue un idealista.
B- No somos sanos, si fueramos sanos nos iría mejor.

(silencio)

C- Hace falta ser más inteligente.
(vacía los ceniceros, y comienza el debate una y otra vez)

jueves, 5 de febrero de 2009

Ese ojo de reojo

Edurne

Durante un instante vi el ojo que de reojo me miraba, sentada sobre un taburete de estampado petulante, leía un trozo de un periódico que sobre la mesa reposaba, pero el reojo me sedujo y la lectura se tradujo en un pensamiento que abstrajo de mi mente un instante, para volcar mi mirada en ese ente.

Segmento de mirada que hizo olvidar a quien esperaba, cerrando el trozo de periódico, concentrando las fuerzas por no perder la cabeza, al final, como siempre, la perdí, no se si fue real no recuerdo lo que aprendo, ni lo que hago cuando me hayo en ese estado.

Se acercó, yo no me alejé, en una burbuja me hallaba cuando la tipa aquella me gritaba, que saliera de aquel bar, que no era menester estar con aquel ser, yo la miraba con desprecio, poca sensibilidad para gente tan corriente, pena dan cuando se comportan mal.

Al bajar del taburete de estampado petulante, ese ser que mi ojo de reojo vio y con mi mirada se topó, arropado en un trozo de despojo, mis manos lo palpaban y él se dejaba hacer, las miradas se cruzaban en un sentir de bandadas.

Transcurrido el tiempo preciso abro la caja y de un brinco entra allí, no demasiado convencido pero contento de haber sido hallado y encontrado por alguien que no va ha maltratarlo, aprecio la vida de cualquier ser impedido o rendido, cierro la caja, salgo sin saber muy bien que rumbo coger.

Por la vereda de vuelta, el ser que de reojo vio mi ojo y su despojo me hizo descarnarme en un suspiro, saltó por arriba de la caja, emprendiendo una huida por todo la plaza, hasta que de vista lo perdí; me pare, lo pensé, valoré, apenas suspiré pues era libre, vivía libre y debía morir libre.


jueves, 29 de enero de 2009

Cristina, cristal, trufas

Sergio

A Matías no le importaba, pero lo que es a Justa, ya le estaba poniendo de los nervios. Claro que luego era ella quien tenía que frotar bien la superficie del cristal hasta hacer desaparecer las manchas porque es muy importante que el escaparate esté bien limpio y transparente, hasta el punto que parezca que no hay.

Eso mismo imaginaba la niña Cristina: que no había cristal, que podía alargar el brazo y meter el dedo en el merengue del milhojas, o coger la guinda del borracho, o un poco de manzana de aquellas tartas con almíbar. Luego estaban las trufas con sus virutas de chocolate. Imaginaba que acercando la boca un poco más podría tener entre sus labios acaso unas pocas virutas, en la punta de la lengua saborearlas despacio y luego aplastarlas en el paladar un buen rato hasta tragar la saliva negra como batido de chocolate.

Y todos los días igual, con su mochila de colegiala, no podrá irse a casa a estudiar y hacer las cuentas… tiene que quedarse todo este rato relamiéndose como si no comiera en su casa; las malditas manos apoyadas en el cristal, resoplando vaho por las narices llenas de mocos. Y Matías como si no la viese, como si ese pelo rojo de la niña no llamase suficientemente la atención sobre el gris de la calle, como si esa mirada que a veces nos dirige no mostrara cierta perversidad y ambición. Si no llega a transmitir miedo quién dirá que no es inquietante esa forma de estirarse los tirabuzones mientras pierde la mirada en los pastelitos, y no se mueve ni un centímetro a pesar del frío y la lluvia o la nieve.

El agua, el frío por los agujeritos de los zapatos y los calcetines de verano. Al menos, su padre había podido comprar un abrigo chubasquero en el puesto de segunda mano. Su padre, que tanto lloraba por las noches mirando los anuncios de televisión, sentado frente a un vaso de vino, sólo, creyendo que Cristina dormía, cuando, en realidad, estaba tras la puerta, con la fotografía de su madre contra el pecho, su madre que ya nunca más. Aún era niña pero conocía bien que el subsidio por desempleo estaba llegando a su fin y, ¿dónde iremos? ¿dónde iremos? murmuraba su padre entre trago y trago y se esforzaba en cambiar de canal con el mando que estaba quedándose sin pilas.

¡Hombre! Parece que por fin se va a poner las pilas. Después de más de quince minutos que lleva pegada al cristal como una lapa, por fin Matías, tras mirarla con curiosidad me mira en el fondo de los ojos: ¡vamos!, ¡échala de ahí! Ya tampoco él lo aguanta más. Sale del mostrador disimulando, distrayéndose en colocar las palmeritas de las bandejas de fuera, perfilando las bolsas de patatas fritas en sus estantes, todo para no ahuyentarla, claro. La niña le mira sólo a veces, está demasiado concentrada en paladear imaginariamente los dulces, la cochambrosa. Fíjate que sale Matías por la puerta y ella ni tan siquiera deja de babear el escaparate, no se aparta ni un centímetro, la sin vergüenza. Matías se ha acercado, ahora la tiene por el brazo. Ella se asusta, quiere escapar. Casi empieza a llorar pero Matías se acuclilla, la mira seriamente, le está diciendo unas palabras. Finalmente la niña no llora. Primero dice no con la cabeza. Después orienta la cara al suelo. ¿Tiene los ojos cerrados? Matías no para de hablar. Está serio. La niña vuelve a decir que no. Quiere irse. Forcejea para librarse de la mano de Matías que apresa su muñeca. Ella tira, parece una salvaje, entonces Matías le suelta el brazo. Inmediatamente ella da unos pasos atrás. Le mira fijamente. Él se incorpora. ¿Qué hace? Parece que está sonriendo a la niña. Le alarga el brazo, le tiende la mano. La niña titubea, estira sus tirabuzones. Ahora se acerca y coge su mano. Los dos miran hacia adentro. Ahí estoy yo, no entiendo nada, me observan un momento y se dirigen a la puerta.

Desde la puerta de su casa Cristina llama a su padre. Cierra dando un fuerte golpe empujando con el talón y suelta la mochila en el suelo de la entradita. Le grita su nombre, viene eufórica o enfadada, violenta o feliz. En el salón, la tele está encendida. Venden la vida por la tele, hijita. La voz llega desde el sofá, la niña mira el respaldo y olfatea el aire. Se acerca. No compres tu vida en la tele, cariño. Su padre se extiende a lo largo del sofá de tres plazas. Sobre la mesita hay dos botellas de vino y un vaso. Las botellas están vacías. Si sale mala no te la van a descambiar, amor. Habla con los ojos cerrados. Despierta papá, abre los ojos, mira. El padre se remueve en el sofá, se recuesta un poco en el reposabrazos. Apenas consigue mantener los dos ojos abiertos a un mismo tiempo. ¿Qué es eso, princesa? Son para ti (nunca has visto sonreír así a Cristina). ¡Oh, mi niña, que buena pinta tienen! ¡Muchas gracias! Mastica una trufa y vomita.

Cuando Cristina sale de la pastelería, Justa se quita el delantal y tirándoselo a Matías a la cara, le grita que ante semejante gilipollas le dan ganas de vomitar. Matías no se inmuta. Después sale a la calle mirando el cielo y respirando profundamente.

El padre de Cristina se siente profundamente estúpido. Cristina está fregando el suelo y viéndole llorar suelta la fregona y le acaricia el pelo. No pienses que no me gustan las trufas, princesa.

lunes, 26 de enero de 2009

Las gafas y mi mismedad

jminúscula

El hecho de que el oftalmólogo me prescribiera anteojos que se sujetan a las orejas o de alguna manera por detrás de la cabeza, bueno vale: gafas, con 16 años, edad en la que todavía no me había aparecido ni un rastro de pelos en los huevos pero que, ya me había permitido hacerme un hueco en el instituto y en el parque y, sobre todo defenderme, me hizo sentir con la legitimidad suficiente como para mofarme de los pequeños gafotas, iniciados en edades tempranas, por eso acostumbrados a la guasa y bufonadas del resto de compañeros, incluido yo.

Aunque la recomendación del especialista fue usarlas en momentos puntuales, que exigieran concentración, a los pocos años me vi fundido a ellas, formando parte de mí, como el pelo, las orejas, las piernas, y mucho más importante que los ojos. El dormir, ducharme, lavarme la cara con ellas se hizo algo cotidiano.

El otro día sufrí un pequeño percance que hizo que tomara conciencia de mi mismedad, se me partieron por la mitad al intentar quitarme el jersey. La primera alternativa en la que pensé con distorsión, al no llevar la tecnología sobre la nariz, fue arreglarlas con cinta aislante, al más puro estilo de novato de instituto estadounidense, rápidamente descarté esa humillante posibilidad. Como segunda opción barajé arreglarlas yo mismo, el método: pegamento ultrafuerte. Fallé, ¿cómo podía realizar una operación de precisión en mis gafas, sin mis gafas? Mal. Los cristales acabaron llenos de pegamento en un intento de juntarse eternamente con las patillas, mis dedos índice y pulgar se quisieron intensamente durante el rato que me costó quitarme la adhesiva pasta, total, que fracaso, otra alternativa idiota.

Finalmente conseguí resolver este paralizante infortunio. Mis amigos me dicen que soy un gafotas, yo prefiero decir que soy un cyborg.

lunes, 19 de enero de 2009

La vieja silla de mimbre

Lu

La vieja silla de mimbre no está para sentarse. Es un viejo chisme que se quedó inservible. De no haber ocurrido el accidente aun seguiría adornando la entradilla.
Aquella tarde, la Señora nada más entrar en casa lo primero que hizo fue pedir asiento. Él que no sabía, se la ofreció amablemente. No sabemos como fue. Martín no nos quiso contar, aunque imaginamos como pudo ser la escena en la que la Señora Maca, como dice mi sobrina pequeña Marieta, cató el asiento.
Martín debe de estar avergonzado y revolviéndose cuando piensa en el accidente. ¿Cómo iba él a saber el estado de la antigua silla? Si nadie se lo habíamos avisado, si ni tan siquiera era miembro de la casa. No puedo imaginar la cara que se le quedaría al pobre cuando vio a la anciana caerse.
Primero tan tímido al recibirla, con sus mejillas enrojecidas por el corte. A continuación ofreciendo asiento, tan amable y cordial. Y después, ¡ay la Maca!, ve como el mimbre se abría resquebrajándose en pedazos. Así veía la expresión pavorosa del rostro de la Señora Maca al verse caer lentamente sin poder reaccionar, sin levantarse. Había quedado prácticamente entre las astillas del mimbre sentada casi en el suelo muerta de dolor. La vieja silla de mimbre rota por fin, después de tanto tiempo recordando a nuestra madre, tan amiga de la Señora Maca. Imagino a las dos. Mi madre cosiendo en su silla de mimbre una bufanda para mi hermana, y la Señora Maca en la plegable que le acompañaba siempre, tejiendo otra para su hija, tan amigas las dos. No sabemos a qué se debía su visita, ni porqué vendría la Señora, ni qué venía a tratar. Pobre Maca que se quedó sin decirnos. Y pobre Martín.

lunes, 5 de enero de 2009

Una historia verdadera

JuanP

Recuerdo que entonces era verano. Yo andaba enredando en el vídeo VHS de última generación que mi padre acababa de comprar. Estábamos entusiasmados en casa, y antes de saber cómo usarlo ya nos habíamos hecho socios de un vídeo-club y teníamos alquiladas un par de películas. Ahora solo quedaba encontrar el canal del dichoso aparato en el maldito televisor, y todos en la casa tendríamos qué celebrar. Hacía un calor de mil demonios y el ventilador apenas se movía. Me levanté para arrearle un puntapié cuando llamaron a la puerta. Miré por la mirilla. Era Fernando, mi amigo de la casa de enfrente. En mi rellano, un tercer piso, había cuatro puertas, la mía era la “B” y la suya la “C”. Abrí con una sonrisa esperando que cualquier chorrada surgiera de esa enorme bocaza de labios rosados.

- El Dolu se ha matao- dijo.

La cara de Fernando era un poema. Siempre había sido un poco cabezón, con unos dientes grandes y largos que asomaban constantemente. Tenía los paletos separados y por ahí se le escapaba algo de aire al hablar, lo cual confería a su dicción un llamativo seseo que, sin embargo, no era gracioso, sino irritante. Por entonces teníamos dieciocho años, pero él siempre había aparentado más edad y era algo de lo que se enorgullecía. Parecía sentirse un palmo por encima de nosotros por esa circunstancia, y aprovechaba cualquier oportunidad para recalcar que él se afeitaba desde los doce años. Llamó a la puerta con sus nudillos peludos y regordetes y me soltó la noticia sin mediar otra palabra. Estaba pálido, y no sé si me asustó más ver su cara tan desencajada o escuchar su mensaje. Era raro verle así de serio, con los ojos como platos, cuando se pasaba el día haciendo chistes malos y gastando bromas de dudoso gusto. Sus preferidas eran las relacionadas, de cualquier forma, con los pedos, y por eso en nuestro selecto y reducido grupo de amigos, los que vivíamos en casas dentro del mismo portal, le llamábamos El Gas, cosa que él se tomaba como un cumplido.
El caso es que Dolu se había suicidado.

Dolu era un chaval como otro cualquiera. No recuerdo su nombre de pila porque le llamábamos por su apellido, Doluba, que nosotros habíamos acortado en señal de coleguéo. Nos conocíamos desde hacía años y nos parecía un tipo curioso y divertido con el que emborracharnos en nuestras visitas a la gran ciudad. Él vivía en pleno centro de Madrid, cosa por la que le envidiábamos. Hubo tardes de juerga antológicas que no he olvidado pese al pasar de los años, como aquella en que escupíamos a un enorme vaso de cerveza de un litro antes de beber y dejar caer algún otro regalito al brebaje inmundo que estábamos creando. Repugnante. No siempre éramos así, claro, pero aquella noche estábamos acompañados por chicas y creímos que la mejor forma de impresionarlas sería dándole a nuestro lado más macarra, asqueroso e idiota. Por supuesto, las chicas huyeron. Todas menos una, que hoy en día es la madre de los hijos de Lete (que en realidad se llamaba Gonzalo), otro de los del grupo, un tipo curioso, maniático, galán por naturaleza e ideológicamente a medio camino entre su espíritu rebelde (por aquello de drogarse más que nadie en cualquier sitio y a cualquier hora) y sus convicciones reaccionarias (le venían de familia), que estudiaba en un colegio caro y siempre vestía a la última convencido de que algún día sería director de alguna empresa importante. Hoy en día se gana la vida en un taller de colchones y creo que es feliz, pero eso es otra historia.

Como iba diciendo, Gas llamó a mi puerta y me soltó la noticia a bocajarro. Después vinieron los detalles. Dolu había estado la tarde anterior como si tal cosa, tomando cañas y fumando mientras reía y decía que allí mismo haría su testamento, asignando a cada uno de sus amigos de Madrid algo de su propiedad. Al principio la cosa tuvo gracia. Él siguió bebiendo y, ya borracho, le llevaron hasta su casa en coche. Antes de bajar, preguntó “¿alguien se viene a ver el gran salto?”. Nadie entendió nada. Le dijeron que estaba gilipollas y hasta mañana. Dolu entró en su casa en silencio. Sus padres estaban ya dormidos. Se desnudó, dobló su pantalón vaquero y su camiseta de Sonic Youth y los dejó en un montón ordenado sobre su cama. Salió de la casa en calzoncillos y enfiló las escaleras hasta llegar a la azotea. Un piso dieciséis. Escogió lado y se decantó por el patio interior. Abrió los brazos y se dejó caer. Plaf. Al día siguiente toda su familia le buscaba. Su abuelo miró desde una pequeña ventana del cuarto de baño y vio el cuerpo. Estaba reventado por dentro y tan destrozado por fuera que nadie pudo verle una vez que el juez de guardia levantó el cadáver. Justo ese día, su hermano regresaba a casa después de nueve meses de mili en no sé dónde. Su abuelo murió un par de semanas después. Se negó a volver a comer.

Recuerdo el entierro. Fue triste. Mucho silencio. Unas oraciones del cura de turno y el hermano de Dolu todavía con el uniforme puesto, sucio y desorientado. Su madre se desmayó y se la tuvieron que llevar. Un drama. Nosotros, sus amigos, hablábamos unos con otros tratando de disimular lo evidente, intentando despertar lo antes posible de aquel sueño doliente y estúpido, pero cuando la arena hubo rellenado por completo el foso donde su ataúd quedó, el silencio comenzó a pesar como una maldición y nos marchamos todos. De camino a la puerta de salida del cementerio no pude evitarlo y comencé a llorar. No lo había hecho hasta entonces. Ninguno de nosotros. Las caras pálidas trataron de sonreír en el momento de despedirnos de los demás con frases del tipo “te llamo esta semana” o “¿quedamos mañana?”, pero nunca más volvimos a ver a ninguno de aquellos colegas de la gran ciudad. De regreso a nuestro pueblo rompimos a pedradas los cristales del tren y echamos a correr, riendo y gritando como locos, hasta llegar a una cafetería donde paramos para beber algo antes de marchar a casa. El Gas, Lete, Cisco el Gordo y yo nos sentamos en una mesa apartada de la barra, junto a una enorme cristalera que daba al aparcamiento. Miramos afuera con los ojos medio cerrados. Hacía sol.

-El Dolu es un cabrón- dije.

No volvimos a hablar ese día.
Hizo un calor de cojones aquel verano.

viernes, 26 de diciembre de 2008

Mis mañanas

jminúscula

Toda lo noche han estado durmiendo éstos dos en la cama, les gusta tanto el contacto y se pasan la noche tan apoyados a mí, sino el uno el otro, que hasta parece que se suban encima. Y el despertador, el infernáculo mono-tono, ha sonado con puntualidad fascista[1], otra mañana más pegándome el madrugón. De un salto bajo de la cama. Aprovecho la pared para estirar todo el cuerpo, primero: las extremidades superiores, las estiro, saco y bajo pecho, ummmmmmm, ya está, relajo y ahora con las extremidades inferiores, uammmmmm, está bien, parece que algo me he desperezado.

Salgo de la habitación, aún con los estiramientos sigo medio dormido, tropiezo, ya se han vuelto a cruzar éstos, siempre deciden tomar el camino equivocado, el que se creen que yo haré. Ahora que he parado me limpio los ojos, me quito esas sólidas y crónicas legañas. Me acerco a la cocina, lo primero que hago al llegar es beber un poco de agua, es una costumbre que tengo desde hace tiempo, cuestión de hábitos. A continuación espero solicito y agradecido junto al cuenco rojo a que Julio me eche la comida, tomo mi pienso seco, voy al cagadero, tapo las excreciones empujando la arena con la pata, maúllo de felicidad y echo a correr.

[1] El personaje piensa que el despertador es una herramienta y filosofía fascista. Marca los ritmos haciéndolos antinaturales, a lo que hay que añadir que al interrumpir el sueño nos puede robar el alma, provocar un síncope o quedarnos tontos.

lunes, 15 de diciembre de 2008

Receta para no escuchar

Sergio


Por mucho que aporreara la puerta no conseguiría cambiarle de parecer. Y tampoco se iba a hacer de miel por mucho que lloriquease y moqueara suplicando por el amor de dios. Que bajase él del cielo para ayudarle si quería, Luisa ni por asomo volvería a escucharle. Encendió la tele y subió el volumen. En su cocina americana se dispuso a preparar la cena. Con un cuchillo comenzó a trocear cebolla. Los golpes en la puerta eran casi continuos y, a veces, tras una breve pausa que presagiaba el abandono, volvían con más ímpetu y acompañados por alaridos rabiosos que podrían dar miedo a cualquiera. Pero Luisa los conocía bien y la costumbre le permitía cortar ahora un pimiento verde en rodajas finas, sin el más mínimo temblor en sus manos. Puso al fuego la sartén con aceite mientras escuchaba como, afuera, gemía y pedía por favor que le dejase pasar. Cuando echó una cabeza de ajo partida por la mitad pensó que iba a reventar la puerta con esas patadas que le estaba propinando. Olía estupendamente el sofrito al agregar las setas troceadas, el perejil y la pimienta. Escuchó un ruido como de un cuerpo que se deja caer de espaldas bruscamente contra la puerta hasta quedar sentado en el suelo y, volcó el salteado de verduras en la fuente. De fuera, llegaban lamentos y suspiros y colocó sobre la mesita el plato con la mitad del salteado, un tenedor y unos colines. Se sirvió un vaso de vino tinto fresco y al ver la mitad de la fuente dudó en ceder. No se decidía. Tras la puerta tosía fuertemente. Como una autómata sirvió otro vaso de tinto. Titubeó unos instantes, mientras le parecía escuchar leves golpes en el suelo y joder, joder. Cogió otro plato, lo colocó en la mesita. Se dirigió a la puerta y, cuando ya tenía la mano en el pomo, se detuvo. Distinguió varias voces al otro lado. Parecían palabras de consuelo. Luisa se apresuró a bajar el volumen de la tele y, de nuevo, puso la oreja en la puerta. ¿Estás bien? ¿Qué te pasa? ¿Cuál es tu nombre? La voz le resultaba conocida, podría tratarse de cualquier vecino. Entonces observó por la mirilla: ya caminaban hacia la escalera, de espaldas a la puerta.
Volvió al sofá. Escudriñó su plato rebosante de salteado. El otro plato, vacío. En la encimera de la cocina, la fuente con la otra mitad de la cena.

Bueno.

Tenía mucha hambre. Ella podría con todo. Comió un bocado.

¡Está frío!, dijo. Dejó el tenedor.

Acercó despacio la mano a la boca. Escupió la comida sobre la palma. Se sorprendió al ver cómo temblaba y cerró el puño con fuerza.

Cambió de canal varias veces sin detenerse en ninguno. Estaba asustada. Por un momento creyó haberse quedado sorda.

martes, 9 de diciembre de 2008

Terrazas

JuanP


Vivía en un tercer piso. Con aquella terraza laaaaarga larga, pero estreeeecha estrecha. Las copas de los pinos del jardín colectivo rozaban la barandilla, y a veces trataba de coger alguna de sus ramas. Estiraba su mano y entonces el árbol se balanceaba, como jugando con él a voluntad. Aquella tarde hacía frío, pero el sol todavía estaba en lo alto y bañaba aquel rincón, provocando un calor tibio y reconfortante. Recostó sus antebrazos sobre el gélido metal de la baranda, y apoyó sobre sus manos la barbilla. Miraba a lo lejos, sin un punto fijo. Tenía mocos, y aprovechó para trasladarlos de la nariz a la boca con un sonoro carraspeo. Se puso de puntillas y logró sacar su cabeza a la parte de afuera, como el día que salió de su madre, con la coronilla por delante. Intentó apuntar para dar sobre una hoja seca abandonada en medio de la pequeña acera de hormigón que unía el césped con la pared de ladrillos del edificio, una que el viento aún no había decidido sacar a bailar. El líquido viscoso salió de su boca. Su lengua lo había acorralado, y sus labios, apretados como si fueran a dar un beso, lo impulsaron rozándolo casi con amor. Entonces salió despedido, caída abajo, a toda velocidad. Todo lo demás parecía ir a cámara lenta. Se alejaba. Justo en aquel instante, (él) escuchó la voz de su madre, que desde el interior de la casa le llamaba. La voz. Su madre. En ese momento, y no antes, notó de repente el frescor cortante de las tardes de diciembre, la humedad de las primeras horas de la tarde, el frío del aluminio del pasamanos, el molesto catarro que le dejaba escocidas las aletas nasales y ese dolor agudo tan molesto justo en el entrecejo. Tiritó, y entró en la casa a todo correr. Su escupitajo voló como un kamikaze, y erró el blanco.

martes, 2 de diciembre de 2008

El autobús

jminúscula


Si quiero coger ese autobús que me lleva a la GranCapital tengo que darme mucha prisa, ir muy rápido. Me pongo el abrigo, empujo la puerta dando un gran golpazo no intencionado que resuena como un trueno en todo el portal.

Aprovechando la inercia que llevo intento emular a Carl Lewis para saltar los siete escalones que forman el primer tramo de la escalera, intento fallido, hinco las rodillas en el penúltimo escalón, el resto del cuerpo se vence hacia delante, freno de bruces contra la pared de gotelet, desollones en las rodillas, raspones en la manos, y la cara marcada de cráteres producidos por el dibujo de la pared, no pasa nada, cogeré ese autobús.
Cambio de estrategia. Decido otro modelo a imitar que me traiga más suerte en esta bajada, escojo como ejemplo a mi abuela y decido bajar los escalones de uno en uno y con paso firme, seguro pero lento.

Consigo bajar los seis tramos de siete escalones, seguro pero lento, abro la primera puerta del portal, la dejo caer, bajo como un cohete la rampa de minusválidos y aprovecho que está entornada la segunda puerta para colarme a toda velocidad como un espía, me golpeo la espalda contra el pomo de la puerta, no pasa nada, mañana moratón.

Tengo que conseguir alcanzar ese autobús, ya estoy en la calle, parezco un gamo, jalo sin mirar atrás, ni adelante, ni a los lados, ahora sí que soy El Hijo del Viento. Cruzo la calle a tumba abierta, no miro, no pienso, tengo que coger ese autobús, las personas y otro mobiliario urbano aparecen ante mis ojos como exhalaciones, soy una locomotora, siento en mi cadera un fuerte golpe, no pasa nada, no miro atrás, tengo que alcanzar ese autobús.

Corro por delante de mi parada, el autobús ya ha pasado, pero sigo corriendo, voy a la siguiente marquesina, avanzo lo más rápido que puedo, las suelas de las zapatillas se me empiezan a derretir y a fundir con el suelo, ¿efecto de la velocidad? No, mediados de agosto.

Cuando vuelvo a casa, escucho a un vecino comentar a la mujer que pasea un perro, que esta tarde un loco corriendo ha dado un golpe a una anciana sentada en un bordillo alto, que se ha caído encima de un ciclista, que ha derrapado, y se abalanzado sobre el capó de un coche que ha intentado esquivarle y ha chocado contra otro coche aparcado. La anciana se ha roto la cadera, el ciclista ha muerto empotrado entre los dos coches, la conductora mortífera ha sido atendida por los servicios de emergencia por un ataque de ansiedad.

Por fin llego a casa, menos mal que conseguí coger el autobús.

lunes, 24 de noviembre de 2008

Bestiario (1ª entrega)

Ojosdepato y Corchopan


1.

ARONDATO: de la familia de la hipotenusa y el triángulo isósceles, sus lados cóncavos confunden a los aritméticos.
JARCA: animal muy usado para cruzar los ríos de la península.

Eusebia y Financio se dirigían al pueblo de los panes. Aunque no eran aritméticos no comprendían cómo habían fallado en el cálculo del arondato. Según el itinerario trazado, tendrían que haber cruzado Ríopestañas hacía dos días y, sin embargo, arrastraban a la jarca con paciencia por las estepas ibéricas, con lo que le costaba andar fuera de los ríos. Según la mediana hipotenusa, el cóncavo lado trazado en su mapa, esto es, el arondato, debía ser proporcional al extremo más corto del triángulo isósceles detallado por los sabios de la aldea que herraron a su jarca. Así, confundidos, se miraron y decidieron entrenarse en el tiro con onda.

2.

FABRICOLA: pegamento que dura tres horas.
PINÁNCULO: especio de pino que crece en el culo de los guardas forestales.

Un din don guardia forestal se cruzó un din dan bosque en un don día. Doliale un pinánculo muy arraigado que tenía y no podía sino arrascarse por el gran picor que le producía. A cada paso que daba a din don guardia el pinánculo más le crecía y pensó en una estrategia para poder librarse de él. Vio una piedra en el din don camino pero sentar en ella no pudo así que parose a reflexionar larga y tendidamente.
¡Eureka! pronunció al fin din don guardia, en su bolso de trabajo portaba una barra de fabricota. Miró la piedra, miró su culo y pegó una ramita del pinánculo en la piedra del don camino. Empujó con din don fuerza cuando en tres horas estaba bien fijado el pegamento. Hace ya más de tres meses que din don guardia sigue al lado de esa piedra, al lado del din don camino y con un buen tronco saliéndole del culo.

3.
VISOJO
: dícese de la hoja del arbusto cuyos frutos pareados parecen ojos.

Era tan pequeño, tan pequeño, que era insignificante al lado de aquellos baoabs de hojas enormes y galantes. Era delgado y de su tronco sólo salía una ramita también bastante insignificante. Los baoabs se reían y se burlaban del pequeño visojo día tras día. Pasaron años, siglos y minuetos. No puedo olvidar como petrificados los baoabs habían quedado cuando, un buen día, los frutos del visojo florecieron, miraron a los árboles grandes y acto seguido quedaron con los bromos petificios.



4.
LEOSTERA: dícese de una mujer muy salvaje, muy leona y con chistera.

En los bosques del norte de esta comarca, encontró Discanelo fluidos extraños sobre los troncos de los viejos árboles. Cómo quiso investigar a quién pertenecían terminó como conejo en el interior de la chistera de Leostera, la muy leona, donde vivió durante tres años tomando nota de sus salvajes quehaceres.

5.
MIMBRANCIO: instrumento de mimbre y branquias de anguila que suena acercándolo a una cascada.

Un mismo sonido que un viento arrastraba cubriendo toda una montaña. En el río, bajo una cascada, Guerflin, un hombrecillo de orejas puntiagudas tocaba el mimbrancio tan dulcemente que conseguía enamorar a las ranitas que había alrededor, embelesando a todo ser viviente.
Pero sus sonidos no eran de amor, eran de angustia, de agonía que crecía cada día en su corazón. Los Plerpot habían destruído su poblado dejándolo desolado, el único superviviente era él. Tocaría y tocaría hasta que la última gota de sangre que sude por su aliento lo tumbe, dándole muerte.

6.
RISEDA: en la antigua china dícese de la pitonisa que vestida de seda del futuro se reía.

Preocupado y silencioso había emprendido Lee Xan el camino al oráculo. La tragedia acechaba a su aldea y había sido elegido para averiguar su destino y poder cambiarlo. Una noche en que no podía dormir porque se encontraba perdido escuchó una risa traída por el viento. Asustado, medio dormido, se puso en pie mirando el cielo, entonces de una lechuza escuchó: ¡Riseda! ¡Riseda! Y Lee Xan comenzó a temblar y a reírse a carcajadas ahogando en el aire la otra risa. Comprendió y no buscó más.

jueves, 13 de noviembre de 2008

el hijoputa

chaval

El hijoputa habia estrenado unas gafas de tonto de los cojones ke te cagas. le habían costado dos mil duros asi ke las llevaba en la cara contento y guapo como un hijoputa ke era. bien estirao y con pinta de jilipollas pero a el se la sudaba. ke iba a hacer era un palurdo conestilo. tres cientos coños le perseguian por el dia y seis cientos por la noche: por la noche era realmente un hijoputa de primera. pa verle visto consiguiendo los dos mil duros, o ke te pensabas milindres, este hijoputa no es un pelma de esos ke tu conoces y ke se la menea por ai con la mirada perdida. pa verle visto la mano abierta, buena oxtia la vieja al suelo a 50 metros del cajero tu. ya esta los dos mil duros en el bolsillo la vieja en el suelo. alla mierda keda atrás . si te digo keste es un hijoputa de los de aquellos tu. mira ke te salta a voz de ya si le jodes algo ya sea poco o sea lo ke sea. alla te salta y te reza antes y despues te escupe, ke es un maska tu te lo digo. pero mira ke ya hace dos días que le trinke allí donde juegan a ke te rompo. iba yo con mi pincha porke le andaba buscando ke yo no suelo llevar grescas y alli le vi y con sus cabrones hacían el mal. joder la sangre hervía en mis venas pinchadas y le salte todos mirando mis vueltas acojonados ke saben ke yo si voy kemo y le rebane mientras corrian vacios de valor y me sente a su lado viendo la sangre del hijoputa y le puse las gafas ke le habían saltado pa ke me viera bien y antes de su ultimo y jodido suspiro le dije no jodas a la vieja tu. aun me da la comida perro.


miércoles, 5 de noviembre de 2008

Mariola

jminúscula


Los guantes y el gorro, los calcetines y las botas, el abrigo, el jersey y los pantalones, esa camiseta interior tan calentita y los leotardos, el sujetador y el tanga, ay Mariola, aire frío en estas calles en invierno. El escobón y la pala, el carro con sus cubos, ya estás lista para trabajar Mariola.

Barrer, barre poco y mal pero Mariola habla con Antonio el borrachín, escucha a Pepe el parlachín, con Asun trata de comidas, se para con Joaquina, habla con los negros, con los blancos, se preocupa por los chinos, por la bruja, por la puta y por el anarquista de la esquina, se para con lamari, con la choni, con el toni, con la jeni y con el jony, a los fumetas del parque les dice: No fuméis tanto que os vais a quedar tontos; a los estudiantes de la biblioteca les comenta: No estudies tanto que os vais a quedar tontos.

Cuando acaba la jornada, ya en casa, se quita los guantes, el gorro, los calcetines y las botas, el abrigo, el jersey y los pantalones, esa camiseta interior tan calentita y los leotardos, el sujetador y el tanga, y se pone ese pijama que a mí me gusta tanto, ay Mariola. Enciende un porro y abre un libro.

Los vecinos de la zona donde trabaja Mariola han decidido limpiar el barrio entre ellos. Les gusta Mariola.

martes, 21 de octubre de 2008

El escondite

Sergio


Entraba luz por los agujeros de la caja que servían de asa. Dentro Iman respiraba el olor a cartón. Le resultaba confortable su escondite. Oculta de las otras niñas que jugaban y del resto de personas que pasaban cerca de ella, secreta, aislada, se encontraba a gusto. Escuchaba breves diálogos y gritos de las niñas en el exterior que se nombraban cuando eran descubiertas. Algunas se negaban a salir de sus escondrijos porque no habían sido identificadas correctamente. Ella contenía la respiración y se concentraba en no rozar la caja al cambiar la posición de las piernas agarrotadas por la prolongada inmovilidad.

Era fantástico estar allí dentro. Sentirse invisible en la plaza llena de gente le producía una extrañeza de si misma. Cerraba los ojos y quedaba más vulnerable a sus propios pensamientos. Éstos comenzaron a transportarla a los tiempos en que los hombres vivían en cavernas. Sintió frío. Percibió humedad, quizá de su mismo aliento y de la transpiración de su piel. Sentada con las rodillas flexionadas hundidas en el pecho, recordó a su perrita Almendra nerviosa en el interior de la jaula de viaje. Imitó su forma de llorar, esos quejidos agudos contrayendo la garganta y, de repente, notó ganas de orinar. Contuvo el impulso de salir fuera ladrando y lloriqueando y se llamó tonta a si misma: por ese juego de su imaginación podría haber sido descubierta.

Durante largos segundos o quizá minutos se esforzó en no pensar en nada. Intentó dejar en blanco su mente. A través de los ojos entornados se fijaba en las rugosidades del cartón. Pronto sintió hormigueo en las plantas de los pies y las voces y los otros sonidos del exterior fueron perdiendo viveza e iban quedando en sordina, como distantes, llegando de otra realidad que se alejaba. Su cuerpo comenzó a relajarse. Separó las rodillas, adelantó los pies, clavó los codos, levantó la cabeza, la caja comenzó a ceder a la presión, se deformó levemente. Escuchó a Sucra gritar ¡ahí hay alguien!, y también a Lucía ¡tiene que ser Iman o Norah!. Imán levantó la caja y volcándola hacia atrás quedó bruscamente en pie ante sus dos amigas. Se miraron con los ojos muy abiertos. Ninguna pronunció palabra. Imán corrió hacia su casa con la esperanza de que su madre sí la reconociese.