miércoles, 20 de mayo de 2009

El rostro en el espejo

Sergio

El sonido de un secador de pelo no me dejaba dormir. Aún era pronto pero ya deseaba ponerme a soñar. Hacía mucho calor, aunque la ventana de mi cuarto estaba abierta. Mi cuerpo se pegaba asquerosamente a las sábanas, estaba bañado en sudor y derrepente cesó el ruido del secador. Sólo se oían algunos pasos en la calle, una voz procedente de alguna televisión con el volumen demasiado alto y un coche arrancando.

Pasados unos minutos el sueño comenzó a invadirme. Poco a poco mi cuerpo sudoroso comenzó a quedarse muerto, relajado. Realmente estaba cómodo. Yacía bocarriba con los brazos extendidos perpendiculares al tronco y las piernas separadas.

Mi mente quería precipitarse al mundo de los sueños cuando, de pronto, noté como brotaba justo en el empeine de mi pie izquierdo un débil picor. "¡Maldita sea!", pensé. Segundo a segundo fui despertando de mi corta tranquilidad. Al principio, intentaba no pensar en ello, intenté olvidarlo. Creí que al no prestarle atención se me pasaría; sin embargo, no sucedió así, al contrario: el picor cobró mayor intensidad y ya empezaba a tener la necesidad de arrascarme. Pero estaba demasiado cómodo, así que probé un método contra los picores. Lo había oido en no sé dónde y a no sé quién. Se trataba de pensar en el picor y convencerte de que podías acabar con él sin tener que arrascarte, tan solo pensando en ello. No funcionó.

En cuestión de minutos se fue extendiendo por todo el pie y temiéndome que alcanzara todas las partes de mi cuerpo, decidí arrascarme. ¡Dios, Hombre-Ira!. Justo en el momento en que iba a hacerlo me cercioré de que no podía moverme. No podía moverme y el picor en el pie se me hacía insoportable. Mientras me lamenteba e intentaba moverme, un nuevo picor surgió en el antebrazo derecho. Al principio era muy débil, pero después se hizo igual o mayor que el de el pie.

El tiempo fue pasando y angustiado sudaba como nunca lo había hecho. Comenzó a picarme el cuello, ¡oh Dios! ¡qué horrible sensación de impotencia! ¡me picaba, me picaba mucho y no conseguía arrascarme!. Después fue el pecho y yo intentaba moverme y sólo conseguía sudar. Y también la cara comenzó a picarme y toda la pierna derecha y todo el brazo izquierdo y finalmente todo mi cuerpo se estremecía y yo creía morir pues el picor no cesaba. Y pasaron minutos que formaron horas, y esas horas y el sudor y el angustioso picor suscitaron en mi cabeza un solo deseo, un deseo que anhelaba con toda mi alma, un deseo diabólico sin duda: juré que, en cuanto consiguiera moverme, me arrancaría la piel.

Finalmente debí quedar profundamente dormido. Y soñé. Soñe que la cama estaba empapada por el sudor, y que el sudor era rojo y, que era rojo porque era sangre. Y soñé con un dolor inimaginable. Soñé que la piel se me había caido.

Cuando desperté, cuando abrí los ojos, estaba en pie, en el cuarto de baño, justo en frente del espejo. Mi rostro y todo mi cuerpo desnudo se reflejaba en él. Y en él sólo vi un cuerpo ensangrentado, despellejado. Observé detenidamente mi pálido rostro, mis muertos labios y horrorizado me miré friamente a los ojos y me pregunté:
-¡Dios!¡¿Estoy aún soñando?!.


(Original de 1996)

martes, 19 de mayo de 2009

Tarde

Sergio

Lenta y sonriente vienes, tarde,
silenciosa entre el alboroto de la calle,
de la gente y de los árboles
crujir de madera vieja y alas abiertas
(dueles sonríes
ante mis huesos astillados por el suelo
alimentas una carne que soy).
Vienes a regalarme
de misterio el cuerpo
a deshilarme las células con gesto obsceno
yo quiero dejarme a ti, tarde,
con un pesimismo controlado
que pretende insanas alegrías.
Toda vez fuiste caída
sobre unos párpados abiertos hacia la tierra
yo quisiera contenerte, tarde,
besarte las hojas de los pulmones
hasta vivir de verde,
hasta retumbar en mi vacío la caída de las hojas.
Partamos si hemos de partir, hoy
te acercas
como una hora insoslayable
que no crece en segundos;
te arrimas como un gata
te lames las uñas distraída,
mirando tras de mi,
esperando encontrar alguna cosa
en aquello que no somos.

miércoles, 8 de abril de 2009

Poemas (III)

Fernando Muñoz

El baño

sin sentido, en la bañera de mis dolores,
remojo los cabellos de la impotencia,
esa mezcla roja de sinsabores,
rodeada de circulos concéntricos,
mi vista se nubla con la pasta densa,
la almibarada soledad del momento,
las palabras obtusas de mi sentido.
No arrojo ni una sola gota al tiempo,
ni varío las dulces notas de mi alma
sólo yo y los improperios,
esos que destilan las madrugadas
esas que desbordan anhelos y fragor,
tanto como puedo soportar,
sin importar el momento ,
sin ser uno mismo...


Adiós

la pequeña vena aorta que me sustenta,
el impávido paso del tiempo,
los espejos rotos del suelo,
la mañana fría e irreverente,
los mocasines de paño,
la bata de boatiné,
los posos del café,
los platos sin fregar,
las telarañas del hueco,
los ruidos de la calle,
la mantequilla, el silencio,
la hora perpetua del minutero,
la ropa arrugada,
el pelo revuelto,
las ojeras, el mal aliento,
el cerrojo de la puerta,
las escaleras, el portal,
el viento en la cara,
ese que me susurra,
que te fuiste, que no has vuelto...


Mi ultima noche

Creo haber equivocado los conceptos,
las metáforas y las estrofas.
Intuyo que desde pequeño,
mi corazón late más despacio,
y la sangre es más espesa.
Me miro las pupilas,
y solo saco retazos nimios
de un pasado algo abstacto.
Me toco el bajo vientre
y veo con vergüenza
lo que ha aumentado.
Mis piernas se mueven
como las de un autómata,
y a veces se quedan quietas
como raices.
Largo rato paso sin mirar
entre las telillas de mis ojos,
nada es más extraño
que mirarse por dentro.
A mi me da miedo.
Mi piel gajada como lagarto,
de un color pardoverduzco,
se cae a tiras bajo mis brazos,
nunca alcanzó lo que busco,
el suelo es su destino.
Los dientes me castañetean
hasta que los dejo en el vaso,
me miran con una sonrisa
la cual agradezco.
Tengo sueño, es algo pesado,
extenuante, mortecino,
adiós. Si Dios quiere...

martes, 24 de marzo de 2009

El marcapáginas

Sergio

Leería el libro mucho tiempo después de haberlo robado en la biblioteca de la Universidad. Aquel día en que lo sustraje lo regalé a Susana. Ella me había hablado de aquel escritor y de las ganas que tenía de leer ese título. Yo quería ligar con ella y el regalo fue parte del galanteo. Haciendo peyas, resguardados de la lluvia otoñal en el porche del patio, imaginad su sorpresa al entregárselo; cómo creció esa alegría al encontrar entre sus hojas una marca allí donde supuestamente yo había interrumpido mi lectura, para prestárselo a ella. El marcapáginas era una hoja de libreta en la que dejé escrita una nota.

Ese curso lo pasamos en grande. Creamos nuestra pequeña biblioteca paralela intercalando libros en los estantes de literatura de la pequeña y abandonada biblioteca del instituto, donde muy pocas personas husmeaban. A veces, entreteniéndonos en construir argumentos combinando varios títulos, el descubrimiento de una ausencia en nuestros volúmenes nos divertía sobremanera. Imaginábamos al eventual ladrón a punto de introducir el libro en su mochila, nervioso mirando a los lados, y con la seguridad de llevarse un libro que ya está robado.
Estas ausencias nos convertían en motivados detectives, concentrados pronto en el juego de las averiguaciones, ¿quién podría ser el furtivo lector? Tras suspicaces procesos de investigación, que nos llevaban al espionaje y acecho de presuntos ladrones, llegamos a conocer, de diversos personajes del instituto, sus lugares preferidos para una lectura tranquila y meditada.
A pesar de toda la dedicación fallamos normalmente las disparatadas hipótesis, descubríamos que habíamos partido siempre de suposiciones erróneas y, finalmente, entre risas, nos reconocíamos pésimos detectives.

De tres desapariciones en ese año, sólo llegamos a descubrir el paradero de un libro, muy especial para nosotros, y a su exquisito y furtivo lector. Además, nuestra peculiar sociedad ganó un nuevo miembro. Se trataba del Joaqui, que iba a la clase de al lado. Nuestra biblioteca paralela experimentó un gran crecimiento gracias a las aportaciones del Joaqui: Chéjov, Calvino, Carver, Bukowski por ejemplo (cuando nosotros andábamos con Poe, Maupasant, Cortázar y Hesse, entre otros).
Después del verano, de vuelta en septiembre, Susana me dijo que ya no estaba enamorada de mí. Desde hace algún tiempo, agregó. Agradecí su sinceridad pero fue una gran putada. De golpe entendí por qué desde el principio ella tuvo tan claro quién podría haber robado el libro fundador, aquel que robé para ella: El juego de los abalorios.

Ese curso escolar apenas nos tratamos. El día de las notas de verano se acercó en el porche del patio. Me dijo que haría tercero en otro insti. Llevaba en la mano la nota que marcaba la página en la que yo había detenido mi lectura (en ese momento dudé seriamente que alguna vez hubiese creído semejante patraña), aquella que me sirvió para acercarme a ella. La colocó entre mis dedos. Leí aquellas palabras con ansiedad. Extrañé mi propia letra, después de dos años. Había añadido el número de la página. Me entregó también el libro. Puse la nota de modo automático entre sus hojas y así el volumen fuertemente con las dos manos. Observé el sello de la biblioteca de la Universidad en el grueso del canto de sus hojas mientras escuchaba su voz.

- Ahora podrás terminarlo. El resto los donamos, ¿no?

Me sentía fatal. No podía mirarla.

- Claro. Ahí quedarán –alcancé a murmurar sin quitar la vista del sello.

Luego nos abrazamos. Después se fue.

En una zona poco concurrida del parque contiguo al instituto me senté en un banco y comencé a leer. Pero no conseguía concentrarme ni en una sola letra. Un sentimiento desconocido crecía en mi interior, se hacía fuerte y me dejaba sin vista, sin tacto, sin respiración. Escudriñé el libro más allá de la portada. Lo dejé caer al suelo de arena. Lo pisoteé furioso, con mucha rabia. Pero en seguida lo recogí y tras observar que no lo había jodido del todo lo guardé cuidadosamente en la mochila. El marcapáginas quedó como un bicho bola entre los granos de arena.

lunes, 16 de marzo de 2009

All the world is green

P. Andilllero

Asesiné a Bunbury mientras escuchaba a Tom Waits.





jueves, 5 de marzo de 2009

Conversación Literaria

jminúscula

AMIGO: Pues retomando el tema, después de lo charlado estas horas pienso en la insoportable levedad del ser como causa del miedo a la libertad y estoy convencido que sólo con las palabras andantes caminaremos hacia la utopía.

JOTA: A mi no me jodas parafraseando los títulos de libros para convencerme de la esencia del ser humano, que soy de mano rápida y te clavo el pincho en el lomo te dejo doblado, y una vez en esa postura quedas a mi merced.

AMIGO: Hosti tú eh, no me acordaba de que eres de Móstoles, ya lo siento y digo ¡ab-so-lu-ta-men-te claro! que no es cierto que la literatura esté reñida con la violencia, como acabas de demostrar. Y a propósito de esto ¿Has leído algún libro de **************?.

JOTA: ¿Ese filósofo progre, así gordete, que usa gafaspasta de colores, con los labios inflamados y unas crónicas y movedizas boceras en las comisuras de los labios?.

AMIGO: Sí, ése es, el mismo.

JOTA: Para vomitar.

AMIGO: ¿Sigues queriendo morir ahogado en tu propio vómito?

JOTA: Claro. Como Jimi Hendrix, Bon Scott, John Bonham, como un puto artista del rock.

AMIGO: Te doy la razón en que sería una muerte legendaria, una metáfora de la velocidad en nuestras vidas, pero sinceramente, es asqueroso morirse ahogado en los propios vómitos. JOTA: Vaya, más asqueroso es morir ahogado en los vómitos de otro.

AMIGO: Si hombre sí, entonces, ya estás listo para leerte un libro del filósofo ese.


jueves, 19 de febrero de 2009

Poemas (II)

Fernando Muñoz

DAME

solia sucumbir a las miradas hirientes,
a los traslados en ambulancias
y a las copas amargas de gin-tonic.
me miraba en el espejo
y mi cuerpo era transparente
detrás de mi una montaña de basura
rodeada de voraces alcaravanes
que despojaban las bolsas
y las mondas lirondas de naranjas
Eran esas tardes poco pacíficas
rellenas de almíbar y nata
las que me desquiciaban
y hacían que me escapara
a esas noches llenas de muchedumbre,
de desafíos y de menesteres,
mas yo me perdía en las luces,
en los coches y transeúntes
y acababa bebiendo mis orines.
Cada día que me recuerdo
es como un dolor de barriga
áspero y genuino, salado,
y algo excitante...

PEQUEÑO

cuántos poemas se componen de mi alma,
esa que como rompecabezas se une en uno,
pieza a pieza se descomponen
y acaban siendo un dibujo abstracto de sí mismo.
mi vida gira alrededor de la suerte,
los presagios y augurios,
que vaticinaban que algún día,
iba a ser la sombra de lo que soy,
ahora me vienen al recuerdo
como si de fantasmas se trataran
y no discierno entre lo lógico y lo ponderado,
más me valdría salir corriendo
de ese angosto túnel del pasado
dejando atrás callejuelas de rincones oscuros
y paraísos disueltos en humo y alcohol.
te busco y no te encuentro
pequeño corazón sin resortes
que sigue estropeado
en alguna mesa de relojero.
Te pido perdón por los sustos y mentiras
y de no haberte puesto las pilas
en los momentos más cruciales.
A ti pequeño corazón te debo la vida

PAREJA

me inquietas..¿lo sabes?
es ese miedo el que me paraliza.
¿puedes entenderme?
yo no te entiendo...
estás diciendo que vas a matarme.
no estás en tus cabales.
¿me vas a levantar las uñas
y hacer un circulo con ellas
en el cual pondrás mis cuencas?
lo dicho... me voy
no cierres la puerta,
corre la sangre, me atraviesa
cuánta víscera,
cuánta inocencia rota,
tus padres eran tus verdugos,
yo soy tu victima,
tu dulce victima..