jueves, 29 de abril de 2010
Pecados (4 y 5)
GULA
Era una ansiosa, por su manera de comer, se la veía a la legua. ¿Por qué lo dices?¿Comía mucho? Sí, a cada rato la pillabas sacando un tupper del cajón de su escritorio y, agachada detrás del ordenador para que el resto de la oficina no la viera, se metía en la boca tres o cuatro trozos de una especie de carne encebollada liberando un olor a grasa quemada repugnante. ¿Y siempre comía lo mismo?. Esa última semana sí. Después no lo sé, la detuvieron. Desde que la policía nos comentó lo del cuerpo de su compañero de piso repartido entre el baño y la nevera, no hemos vuelto a ser los mismos carnívoros.
ENVIDIA
A las once de la mañana las madres salen a pasear con sus pequeños. La zona residencial incluye un parque vigilado al final de la calle de chalets de lujo. Frente a los columpios, se ha instalado un chiringuito ibicenco especializado en cócteles y desayunos. Al otro lado, un polideportivo provisto de guardería permite a las amas de casa con asistenta fortalecer sus glúteos. ¡Qué grandes están tus niños!, ¡Qué guapos los tuyos!. ¿Estás mas delgada? ¿Tú te has cambiado el pelo, no? Oye, ya me ha dicho mi marido que han ascendido al tuyo en el trabajo, enhorabuena. Pues chica, a mi me ha comentado el mío que el tuyo esta encantado con su nuevo coche, que lujazo. Y así se despiden y prosiguen cada una su camino. Menudas arrugas tenia la muy vacaburra. No sé como permiten criar niños a borrachas muertas de hambre como ésta.
martes, 27 de abril de 2010
Pecados (3)
IRA
Un dolor punzante le despierta, es viejo conocido del abuso. ¿Qué ha pasado? ¿Y esta sangre? Todo está lleno de manchas resecas, sus manos, el sillón, la pared del pasillo. Se palpa el cuerpo pero no encuentra más que unos leves arañazos en el cuello y los brazos. Entonces, no es suya. Intenta recordar pero navega por lagunas de doloroso olvido. La lámpara de pie echa añicos le trae un flash de gritos, golpes, vómito, llanto desesperado y odio incontenido. Se derrumba al ver la cama vacía, abre los armarios, no falta ropa, tendrá que volver a llamar a los hospitales para encontrarla y pedirla perdón. Para que vuelva a casa, porque si esta vez no vuelve, él se morirá de pena. La necesita tanto, tanto que sólo pensar en su ausencia le vuelve loco. El pánico le atenaza la garganta y bloquea sus lágrimas arrepentidas. ¿Quién es ese que aparece para destrozarlo todo? Ese no es él, tiene su cara, su voz y su cuerpo pero, sin duda, es otro. ¿Cómo exorcizarme si vuelve? Para protegerla a ella, en realidad. Entre las botellas tiradas encuentra una que no está vacía y busca el germen. Observa el líquido esperando encontrar nadando en él algún gusano que hará crisálida en su estómago y, en unas horas, nacerá el monstruo, y se extenderá como un cáncer hasta poseerle entero. Pero por más que agita la botella no encuentra nada que matar, nada.
sábado, 24 de abril de 2010
Pecados (1 y 2)
LUJURIA
Mientras ardo en fuego y azufre pienso en tus pechos al mismo tiempo que en tus ojos. Poco importa que me recuerden una y otra vez que, como súcubo que soy, he de devorar a los hombres que me miran con lascivia cuando me apoyo en la barra para que me sirvas otra copa, poco importa...
SOBERBIA (de Proverbios 6:16-19)
Estiró el brazo, giró el cuerpo y tensó su musculatura cual Discóbolo, aspiró profundamente y lanzó el boomerang arrancando gemidos de sorpresa del pueblo entero, presentes todos los aldeanos en la plaza para ver con sus propios ojos el extraño instrumento traído desde tierras donde, según les ha contado el estudioso, los animales devoran a los hombres al menor descuido. Ya ven regresar a lo lejos el objeto volante, se arrancan vítores y aplausos para el viajero que estira un cuello de afán protagonista y enaltece la mirada dirigida al populacho. El arma afilada desgarra su garganta y la cabeza cae al campo de centeno, entre el clamor del abnegado público.
domingo, 11 de abril de 2010
Surrealismo
La tarde era propicia
para andar por la arena
de los acantilados
de mi espesa cabeza
retorcido como un gusano
con las fauces abiertas
penetrando en el costado
de un coyote
me abría paso por la maleza
encontrándome perdido
en mi pequeña locura
cuando todo estaba tranquilo
divisé una gran montaña
formada por cadáveres
de penosa presencia
atravesé el lugar
no sin fijarme que algunos
de estos cadáveres
me miraban con pena
eran las personas que
no había llamado
las que había fallado
las que no había amado
miré atrás sin darme cuenta
que me iba recostando
sobre un montón de ellos...
para terminar formando parte
de aquella enigmática montaña.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Gang-Band
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Llegue a aquel lugar oscuro no sé cómo. Empujado por una inercia que me venía de detrás. Pero, fue en mitad de una enorme borrachera de noche. Recuerdo entre flashes de luces estridentes las manos que me arrastraban manoseándome y las sombras desdibujadas que me circundaban en un baile de otro mundo. Lo que no olvidaré nunca fue el juego de estrellas que formó una perlada cortina de tiras en la entrada a una habitación sin fondo ni horizonte cercano ni conocido. Y la estúpida sonrisa que llevaba puesta, ahogada por un llanto interior no visto ni hecho agua. Era todo sólo una comedia, trágica para mí. Divertida para mi extraño público.
Enseguida unas sogas de dedos me ataron las muñecas como unos grilletes pesados que me conducían a la tortura de millones de agujas punzantes. Yo caí de rodillas tal que un penitente en procesión. Pero esto únicamente aumento la algarabía y la devoción de las risas. Inevitablemente me arrastraron por el suelo. Aquel no era el sitio para quedarme. De repente perdí el norte. Todo se me hizo niebla. La monstruosa visión cesó. Caí inconsciente; envuelto en un sueño del que me despertaron consecutivas bofetadas que decían mi nombre; “¡Enrique!. ¡Enrique!. Vamos, joder, que no es nada”. Un hombre enmascarado de negro me dio la primera muestra de afecto. Una caricia circular, helada, con olor a alcohol. Flotaba encima de una camilla de dentista. Me sentía un tronco. Sin la copa y sin sus ramas ni raíces. Talado. Inerte. Sé que la sonrisa de bufo no desaparecía. Pero yo seguía llorando por dentro. Continuaba la crecida del río subterráneo. Sentí también un tacto de látex. Insípido. Ahora los grilletes se habían multiplicado incomprensiblemente en el silencio. Me sujetaban a la realidad por los hombros, antebrazos, rodillas y tobillos. Unas torres negras con atalayas de ventanas abiertas en formas de arcos ojivales me pertrechaban impidiéndome la huída de la cárcel de cuero y olores acrílicos que ocupaba. La misma máscara negra se me presentó con una boca blanca y cuadrada igual que sus manos, que señalaban distintas partes de mi cuerpo mientras buscaba su guía en los cuatro puntos cardinales que orientaban las cuatro torres alzadas. Volví a ausentarme unos instantes. Lo perdí todo de golpe. Cuando regrese el escenario no había sido cambiado en nada. Bueno, algo sí. Mis pensamientos se hilaban igual de mal que las líneas que ahora describo. Alguien desde algún sitio lejano y oculto intentaba saber de mí; quién era, qué hacía allí y si me encontraba bien. El caso es que no me encontraba por ningún lado. Aquel no podía ser yo. Era otro al que yo veía. Un ser perdido, apresado, abrumado, encadenado. Me reconocí más tarde en el primer punzante dolor que atravesó mi brazo izquierdo. Entonces sí la sonrisa tonta desapareció de golpe cayéndose con el mismo peso de una piedra que desborda definitivamente un vaso. Se giró mi cabeza resortada para volver a ver a esa desconocida silueta negra de boca blanca y cuadrada que me preguntaba por el dolor. Obtuvo una callada por respuesta. Siempre había sido así. Sin embargo, ese no era yo; pero estaba dentro de mí. Ahora el personaje poseía dedos de hierro. Me acariciaban metálicos con bufido y resoplo de máquina. “¡Ves Enrique!. ¡Si no es nada, coño!”. Se acalló el cinturón de cadenas y carcajadas. Quede suelto aunque sujeto por imperceptibles lazos. Cesó a la par la música de púas en mis oídos. Comencé a escuchar sólo un redoblar de pulso sanguíneo y un aire comprimido escapando en la oscuridad. Sí noté un hiriente pinchazo de aguja dibujando notas y trazos en mi piel y mis poros colmándose de una rabiosa e hirviente tinta rebosante de matices. Se desbordaba el caudal pero era inmediatamente arrastrada, traída y llevada, por una marea algodonosa y blanca. A pesar de tener los ojos cerrados podía ver todo esto. Era un silencioso espectáculo sinestésico. Una parte de mi geografía recogía la inundación de un calor abrasivo, devastador. Las torres se convirtieron en suaves tapias inclinadas empeñadas en vigilarme. Yo cada vez era más consciente de las caricias de un hombre cada vez más claro, cada vez más translúcido. La mueca se había congelado, dejando paso a una más fría todavía soledad. La luz se fue imponiendo. Poco a poco. Todo fue terminando. Finalmente concluyo.
Así que abandoné la tienda, sobrio, sereno, tranquilo; comprendiendo todo un poco mejor. Y al salir a la calle, cuando recibí la primera brisa refrescante de la mañana sobre mi piel tapada, supe que estaba marcado para siempre y que también portaba innumerables e invisibles tatuajes dibujados a fuego por la puta vida.
6:25 a.m.
fin de “El Tatuaje”.
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viernes, 12 de marzo de 2010
Movimiento Maestro
Quise tender mi ropa. No quedaba hueco.
-¡Oh, perdón!, creo que he ocupado todo el tendedero. Te hago sitio en seguida –dijo ella, mientras se acercaba por el pasillo.
Con una elegancia inigualable, me apartó del medio y realizó su movimiento maestro. Enroque chaqueta - foulard. Se fue satisfecha, convencida de que había solucionado mi problema de espacio.